La misión de los Pariahs (I): ¡Amén!

I.-

 

Cuando llegué en mayo a la Meseta Tibetana, me quedé impactado por la situación de miseria espantosa en la que vivía (y vive) un grupo de almas llamados Dunkas. Ese es el nombre que tienen, pero nos parece más descriptivo llamarlos simplemente “Pariahs“. Si este nombre no les corresponde de derecho, al menos les corresponde de hecho.

No lejos de aquí, durante miles o cientos de años, hubo un sector de la población llamado “pariahs”, que eran los sin-casta, esto es, personas condenadas a la más espantosa miseria por la sola razón de haber sido clasificados así por un sistema tan pagano como perverso. Hace unas décadas, en los papeles, se abolieron las castas, mas, de facto, este sistema odioso e injustísimo sigue vigente. Es una sinrazón que sigue de hecho, más allá de las denominaciones. Y sigue vigente por una razón muy simple: el sistema de castas es el pilar de aquella religión falsa (¡falsísima!) llamada Hinduísmo. Así, lo afirma uno de los titanes de la Causa Misional, el Beato Paolo Manna, quien en su, ya clásico, libro “La conversión del mundo pagano” (que tanto  nos complace citar) afirma tajantemente que “las castas son el pivot del hinduísmo” (Beato Paolo Manna, The conversión of the pagan world, Society for the propagation of the faith, Boston 1921, 35, t.n.).

 

Visto y considerando lo dicho, a nadie sorprenderá que el sistema siga vigente. Ahora bien, concentrémonos en los dunkas, bosquejando una descripción de lo que hemos visto con nuestros ojos durante muchos meses, tomando, eso sí, la cautela de que nuestra descripción no es fruto de una indagación científica sino sólo una constatación al paso, que puede pecar de incompleta. Contamos simplemente lo que vimos.

Los pariahs me asombraron desde el comienzo y a cualquiera que vea un haz de fotos, le pasará lo mismo. Es que viven en carpas situadas en la banquina del camino, en tiendas hechas a las apuradas, durmiendo varios en la misma cama, comiendo arroz siempre, a menudo ¡de cuclillas!, en la calle y con la mano. En fin, como monos. Muchos de ellos tendrán familia, pero viven casi siempre fuera de sus casas, en aldeas remotas durante meses. Su trabajo es hacer caminos en las alturas himaláyicas. Cuando llueve, siguen trabajando vistiéndose con unas especies de bolsas amarillas. Nunca ví a alguien que no sea pariah, acercarse a ellos. Son como intocables y, más aun, me parece que son como inmencionables. De hecho, en casi un año, nunca oí a nadie habla sobre ellos. Como si fueran bestias de carga, sobre las que no hay nada relevante que decir. Ni siquiera hablan la lengua local. Sus rostros, habitualmente, expresan lo mismo que el asfalto que ellos ponen en los caminos. A menudo, no visten remera ni pantalón sino una sabana atada a la cintura. Nunca se los ve ni rezar, ni cantar, ni reír, ni leer, ni hablar animadamente, ni patear una pelota, ni contemplar los hermosos paisajes que los rodean. Tampoco nunca ví a uno caminar con ademán pensativo ni animarse a intentar algo siquiera remotamente artístico. Simplemente, están ahí, trabajan moviendo piedras, comen, se lavan los dientes (largo rato), se juntan en grupo, juegan a las cartas y duermen. A la noche, muchos de ellos toman y se pelean.

 

Ahora bien, es evidente que lo más triste de los pariahs no es su miseria material y demás problemas temporales o humanos. Lo más lamentable de los pariahs no es que no sean deseados, ni que no sean amados. Lo más penoso tampoco es el abandono en el que viven ni el olvido que padecen de parte de sus prójimos ni su lejanía de su hogar. Todas estos son sufrimientos muy grandes que padecen, pero lo peor de todo es que casi todos ellos aun no conocen a nuestro señor Jesucristo. Esto es, lo más lamentable es que casi ninguno de ellos está bautizado. Lo peor de todo, en fin, es que ignoran la Fe verdadera. Esto que decimos es evidente, pero hoy casi nadie lo recuerda pues hace décadas que el lobby progresista trabaja para conseguir la total oenegeización de la Iglesia o, en otros términos, su cambachalización, según la cual, parafraseando a Discépolo, “todo es igual,  nada es mejor, lo mismo un pagano que un hijo de Dios“.

 

II.-

 

Mi primer contacto con ellos fue saludarlos cuando pasaba por la puerta (¿qué puerta?) de sus tolderíos. Si bien me entendían y me esforzaba en hacer el saludo más afable del año, casi ninguno amagaba a responderme nada. Y eso, no una vez, sino muchas, durante meses.

Ni bien, se empezó a armar el grupito de catecúmenos, les dije que debían ser apóstoles y que lo antes posible había que tratar de evangelizar a los pariahs y, secundariamente, darles algunos temporales consuelos.

Después de mucho decírselos, un día vino una persona fervorosa a ayudarme. Estaba contento de misionar. Era la primera vez que lo hacía. Era un aristócrata europeo. Como lo ví animado al predicarle a unos budistas, como al paso, lo invité a tratar de aproximarnos a los pariahs, para predicarles. Bastó que le proponga esto, para que su rostro cambie, se le desdibuje la sonrisa y me diga un “bueeno, hay que ver, quizá…“. No le saqué más el tema. Entendí que debo ser pedagógico al tratar de formar apóstoles.

La realidad es que, sensible y hasta humanamente, puede costar muchísimo acercarse a esa gente. A la misma Madre Teresa, que se desvivió alimentando a los más pobres de los más pobres, le pasó esto. Ella escribía frases como estas: “Cuanto más repugnante es el trabajo, mayor es el efecto del amor y del servicio entusiasta. (…) La sensación de repugnancia es humana, pero si damos de todo corazón, desinteresadamente a pesar de esas sensaciones, seremos santas. A san Francisco de Asís le daban asco los leprosos, pero lo superaba” (Santa Teresa de Calcuta, “El amor más grande“).

Después, vino otro voluntario. Este era un titán. Vino de las Galias. Se llama Noé, y venía con un impresionante curriculum apostólico en las calles de Londres y Paris.  También, noble, en todo sentido. Sin dudarlo, me acompañó a hacer la primer aproximación a los pariahs, después de meses en los que mi solo contacto fue el saludo no-correspondido.

¿Qué hicimos? Fuimos con un par de catecúmenos selectos, uno de los cuales hizo de intérprete llamado David, de quien iré hablando mucho en las próximas crónicas.

David era amigo del jefe de los pariahs, llamado Puran. Puran era protestante, pero, con gusto, nos dió permiso permiso para predicarles a sus trabajadores.

III.-

 

¿Y qué paso? Los citamos en uno de los toldos. Todos no entraban. Eran unos treinta o más. Les compramos y servimos gaseosa y jugo. Estábamos felices de poder servirlos. Noé armó un show con su guitarra, en lo cual tiene grande experiencia. Le pusimos todo el ánimo posible. Tratamos de hacerlos cantar, o al menos tararear con nosotros, pero apenas lo logramos. La mayoría nos miraban con los ojos abiertos de par en par, en cuclillas, con cara de asfalto. Nuestro pensamiento fue: “no saben cómo reaccionar ante la muestra de afecto de uno que no es como ellos“. Después, sacamos la Cruz y les predicamos unos minutos y se empezaron a ir. Nos fuimos quedando solos, nosotros …. ¡en sus carpas!

De todos modos, los frutos fueron grandes. Varios recibieron con gusto la bendición personal -dada con alba y estola- y uno de ellos llamado Amén (¡qué flor de nombre!) nos contó que es hijo de padres católicos pero que él no estaba bautizado. Amén era el sub-jefe de los parias. Su rostro era distinto. Tiene una cara de bondad que llama la atención. Le pregunté si quería bautizarse y su respuesta fue inmediata: “¡¡¡Sí!!!”. Le dí un gran abrazo. Luego, lo invitamos a cenar. Ahora, parece que se perfila como  está volviendo apóstol. Dios dirá.

¿Y qué pasó con el resto de los pariahs, esto es, con los que se fueron? Otro día les cuento, ahora debo rezar el Rosario.

 

¡Amén!

 

Padre Federico, S.E.

Misionero en la Meseta Tibetana

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