Hacia la primera iglesia en la Zona del Yeti

I.-

Si miramos hacia el norte, nuestro puesto de Misión es la última frontera de la Iglesia. Al menos, hasta donde sabemos.

Más arriba de nuestro espectro misional no hay ninguna institución católica.  Y ningún católico. Es que estamos en la Meseta Tibetana…

Pasado el Tíbet Chino, hay una franja correspondiente a la pagana Mongolia y luego se asoma la inmensidad rusa y el Polo Ártico. En la franja mongola no creo que haya nada de Catolicismo (espero equivocarme) y después no sé. De todos modos, en Rusia, los católicos son poquísimos.

Si miramos hacia el sur, hay una zona inmensa sin católicos sólo interrumpida por una mínima ciudad donde hay una decena de familias fieles, luego de la cual hay que andar horas hasta llegar a la primera parroquia, la cual ostenta una cifra pequeña de hijos de Dios.

Hacia el este, si uno avanzase, no se encontrará ningún católico ni en figurita, pues está el implacable Tíbet Chino y, un poco más al sur, el Reino paganísimo de Bhután.

Hacia el oeste, hay una parroquia perdida, aunque creo que está al sudoeste y, salvo ese “islote”, no hay nada de Catolicismo hasta que se llega a Nepal, país en el cual hay un solo Obispo, lo cual es índice del bajísimo número de católicos.

Por eso, nuestra zona misional no sólo es la última frontera sino que es una isla, una isla en medio de las inmensidades de la paganía idolátrica. En los papeles pertenece a una diócesis, pero es una pertenencia cuasi-teórica. En la práctica, es tierra de nadie. Es tan tierra de nadie que la nuestra es la zona específica sobre la que se montó el mito del Yeti, el abominable hombre de las nieves, bestia que nunca existió pero que es lo suficientemente evocativa para darse una idea de lo remoto del lugar.

La zona exacta del Yeti, según los carteles del camino, está dos horas al norte de nuestra base misional. Es una zona tan restringida que nadie puede entrar más de un 24 horas. Y, como no nos podemos bilocar y aun no tenemos vehículo, no podemos ir allí sino esporádicamente.

Nos fuimos un poco del tema, pero no vino mal ya que las líneas escritas nos sirven para hacer lo que el Capitán de Loyola llamaba, la “composición de lugar”.

 

II.-

En nuestra base misional, aún no tenemos templo alguno. Ni siquiera los herejes, que están hace dos décadas, lo tienen. Menos, lo tenemos nosotros que llegamos en mayo y tuvimos que salir dos veces dos meses cada vez por los caprichos del visado.

Al momento de nuestra llegada, el número de católicos era cero. Ahora están habiendo conversiones, aunque la mayoría son almas en proceso de conversión, que un día te pueden decir que son católicas (y lo dirán quizás con fervor) y otro día no lo dirán, y uno se verá tentado de probar que tan bello es volar por los abismos del Himalaya. De todos modos, sea cual sea el número de conversos, filo-conversos, almas-en-proceso-de-conversión (o relajación), curiosos, voluntarios y visitas, es urgente construir la primer iglesia de la zona. Se impone la necesidad de hacer la primer iglesia de la última frontera

Es cierto que bien podríamos hacer como la Iglesia primitiva que carecía de templos y celebraba en las casas, pero acá es imposible porque las casas son minúsculas, el Santísimo hay que reservarlo y exponerlo en algún sitio digno y hace unos días vinieron unas setenta (?) almas (paganas, la mayoría) a oír una larga predicación y a rezar.

Hay algo más, los herejes están hace veinte años acá. Ya hicimos el intento sanamente ecuménico de amigarnos y convertir al llamado pastor, pero, al menos por el momento, no pasa nada ya que, el “pastor”, después de literalmente descubrir la Verdad, retrocedió (en otra crónica, contaremos esa novela, que aún no termina).

El tema es que, a pesar de los buenos modos externos y la amistad sincera de la mayoría y muchos frutos más, la secta protestante (aunque lo disimulen) está temerosa por la, exteriormente, insignificante presencia de quien escribe estas líneas. Sí, tienen miedo… Los dos llamados pastores (son lobos feroces, en realidad) ya me presionaron para que abdique de la apologética anti-luterana. Sus presiones me divierten.

La secta de marras mueve unas dieciséis familias… Con los setenta del otro día, la Iglesia Católica les sacó pecho y marcó terreno loando al Altísimo. Además la escuela es católica… A su vez, nosotros hacemos la Misa dominical y ellos los domingos se van a otra aldea, más al sur, así que los católicos somos los únicos que se congregan en la zona en el Día del Señor.

Bueno, por estos motivos y otros, la secta nos considera una competencia tremenda. Humanamente hablando, somos inermes, estoy solo, pero el infierno tiembla porque la Iglesia Católica es la única Iglesia de Dios y eso la hace imparable y terrible como ejército en batalla.

Por más ínfima que sea, el nacimiento y leve crecimiento de la Iglesia Católica en esta zona, hizo levantar la voz de alarma en la secta protestante y esto a tal punto que, según me dijo el “vice-pastor”, la secta construirá su primer templo este año, dentro de pocos meses.

La zona es casi completamente budista. Los budas atraparon al 98% de la población. La secta protestante ya compró el terreno para su futuro templo. El predio está a veinte metros de la Escuela Católica, que es la misma base misional y el lugar donde nosotros planeamos levantar el primer templo.

Ellos ya tienen el terreno y los papeles en regla para hacer un maldito templete pentecostal. Nosotros tenemos el terreno, permisos no necesitamos (según me dijo el gobernante), tenemos una fotocopia de un plano para una hermosa capilla y un eximio capataz dispuesto a venir con su hijo (si le pagamos). Además, hace tres días, una joven norteamericana me dijo que estima muy fácil convocar amigos suyos que vengan de obreros, a hacer un servicio gratuito para Dios. Sólo nos falta el dinero.

Los niños juegan en el predio de la escuelita católica. Al lado del poste de luz, la secta herética hará su templo…

El tema es que si no nos apuramos, los herejes harán su templete antes que nosotros hagamos la iglesia. Si ellos lo hacen antes que nosotros, después será escandaloso que hagamos el templo, máxime que será a sólo veinte metros. En la foto se ven niños jugando en el predio católico, mas los protestantes quieren hacer su templo… ¡¡¡al lado del poste de luz!!! Esto, es en nuestra cara.

Si esto pasa, en una zona abismalmente extensa donde no hay ni medio signo externo de cristianismo, se verán dos templos cristianos juntos, uno al lado del otro, pero enfrentados entre sí. Colmo de colmos…

Los budistas quedarán escandalizados por la división de los cristianos y no habrá modo de explicarles que la culpa la tienen los luteranos.

Ahora bien, si la Iglesia Católica hace la iglesia antes que los herejes, para ellos será muy difícil (¡o imposible!) construir su templete pues su nefasto divisionismo quedará muy de manifiesto ante los paganos.

La cosa es tan seria que el mismo Beato Manna, que era un experto en las Misiones, escribió sin titubear que el mayor obstáculo para cristianizar el mundo es el Protestantismo [1].

 

III.-

Nosotros no nos quedamos de brazos cruzados. Ya compramos un magnífico Sagrario de 40 kg. Esperemos llegar a tiempo. Es una carrera contra reloj.

Los católicos no podemos tolerar que el Tabernáculo sea precedido por una ratera sede de mercenarios disidentes.

Que Dios nos dé la gracia de construir la Casa de Dios, lo antes posible.

Que nos dé la gracia de ganarle a los herejes (¡oh, “escándalo anti-ecuménico”! para algunos).

Que el Dios vivo presente en la sacrosanta Eucaristía llegue antes que el salón sectario de los lobos de la Biblia mutilada.

¡Execremos la revuelta luterana!

¡Viva la Iglesia Católica!

¡Viva la Misión!

 

Padre Federico, S.E.

Misionero en la Meseta Tibetana

14/I/17

[1] “The effect which the division of Christians into so many churches has upon the infidels is absolutely disastrous, and from this point of view Protestantism, notwithstanding its efforts to christianize the world, is the greatest obstacle to this end” (Beato Paolo Manna, The conversión of the pagan world, Society for the propagation of the faith, Boston 1921, 56).

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