Contra el silenciamiento de la cruz (o sobre el “ecumenismo anti-apostólico”)

 

A.- Proemio

 

Hace unos meses un noble amigo francés vino a cooperar a la Misión y nos pidió que le ayudásemos a responder a un católico de su país que, en nombre de Dios y creyéndose católico practicante, explícitamente milita contra la Evangelización y promueve el falso ecumenismo, convocando no poca gente.

El susodicho enemigo de la Misión fundó y encabeza una entente dedicada al llamado “ecumenismo”. Debido a su social prosapia y al estilo fashion que asume, muchos jóvenes católicos franceses de grande nivel se sustrajeron al mandato misionero, renegando implícitamente del mismo “Testamento de Cristo” (cfr. Mt 28, 19-20) y se dejaron seducir por la fascinación de la cómoda manía ecumenista, la cual combate al vero ecumenismo, que no busca sino la conversión de todos los cristianos (“omnes gentes”) a la Fe Católica, la única vera.

 

B.- La diatriba ecumenista contra la Misión

 

El mencionado ecumenista galo se opone a la mismísima actividad misionera con una serie de pseudo-argumentos fáciles de refutar. Su posición es una elaboración más o menos inteligente y culta, y algo original, de la típica posición de los católicos progresistas “de a pie”.

El dicho desgraciado no publicó un texto con su política y “eclesialmente” correcta impostura pero difunde su tesis boca a boca, valiéndose de la autoridad social que le da el haber fundado la inútil entidad que encabeza.

El anti-apostólico discurso de marras puede sintetizarse de este modo:

 

“Evangelización suena como un proceso, automático.

Prefiero dar testimonio y no evangelizar, no quiero convertir a nadie.

Prefiero “martyria” antes que evangelizar.

No puedo desear frutos visibles, porque los frutos están en el corazón y sólo Dios los conoce. La conversión se da en el corazón, y no en devenir parte de una comunidad.

Además, no es lo mismo la Iglesia y el Cuerpo de Cristo, hay un riesgo …

He aquí que, en orden a respetar y amar a la gente, es mejor actuar y no hablar demasiado”.

 

El joven ecumenista, a su vez, cita, cual magnífico argumento de autoridad, un lamentable texto moderno sobre el llamado “diálogo interreligioso”.

 

Hasta aquí los sofismas anti-apostólicos. Yendo por partes, procedemos a intentar desmontarlos.

 

C.- Refutación de los sofismas anti-misionales

 

1.- “Evangelización suena como un proceso, automático”.

 

Que algo sea un proceso, no lo ilegitima a priori. De lo contrario, todo proceso sería perverso por el solo hecho de ser un proceso. Así, v.gr., la ingeniería sería algo inicuo por el solo hecho de ser un proceso.

Ahora bien, la Evangelización no tiene nada de automático y esto, por varios motivos: a) cada alma a convertir es distinta, ergo la vía evangelizadora será única e irrepetible; b) por lo anterior, no hay dos conversiones iguales, sino que cada conversión es una obra maestra e irrepetible del Espíritu Santo. Jamás la Evangelización puede ser algo automático ya que la conversión de cada alma, individualmente considerada, siempre es un drama, es el drama del yo que se juega todo su ser en el ejercicio de su libertad empleada en la aceptación personal del Dios personal.

Afirmar la automaticidad de la conversión, por tanto, supone negar la libertad del convertido y por ende la realidad de la conversión.

 

2.- “Prefiero dar testimonio y no evangelizar, no quiero convertir a nadie. Prefiero “martyria” antes que evangelizar”.

 

La Evangelización es un deber de la Iglesia, como Cuerpo, y de todo bautizado. No es algo opcional ni, por tanto, algo que pueda ser descartado como fruto de una preferencia personal.

Vano es contraponer “evangelización” y “testimonio” ya que si el testimonio es completo incluye las obras y las palabras.

Deber del cristiano es tratar de querer lo que quiere Dios y de odiar lo que odia Dios. Como Dios quiere que todos los hombres se salven y como es innegable que “el que crea y se bautice, se salvará” (Mc 16, 16) y que “el que no crea, se condenará” (Mc 16, 16), entonces, todo cristiano debe querer que todos los hombres crean en Cristo y se bauticen. A este creer en Cristo y bautizarse se lo llama “conversión”.

Ergo, quien no quiera la conversión del infiel, quiere su no-conversión. Ergo, quiere su condenación. ¡Vaya caridad! ¡Flor de Cristianismo!

Decir que se prefiere el martirio antes que la Evangelización, es mentir ya que martirio es morir por confesar la Fe y, a la vez, evangelizar es confesar la Fe ante los infieles.

 

3.- “No puedo desear frutos visibles, porque los frutos están en el corazón y sólo Dios los conoce. La conversión se da en el corazón, y no en devenir parte de una comunidad”.

 

Quien evangeliza siendo fiel a Dios, siempre obtendrá fruto aunque no lo vea aquí y ahora. Ser indiferente ante la no-visión actual de los frutos del propio apostolado, podría ser virtuoso, pero es un error serio negar la visibilidad de todo fruto apostólico.

En efecto, muchos frutos son visibles, y otros no lo son. Las auténticas obras externas de caridad fraterna son frutos visibles de Dios e, instrumentalmente, de quien evangelizó a quienes realizaron las tales misericordiosas obras.

La conversión se da en el alma de la persona convertida, pero, si es auténtica, se manifiesta exteriormente. Salvo que haya algún impedimento extraordinario (como ser sordo-mudez, ignorancia invencible o agonía extrema), la conversión debe manifestarse visiblemente, aunque más no sea para aceptar y recibir el bautismo sacramental. Efecto propio del bautismo sacramental es incorporar al bautizado a la comunidad de los auténticos creyentes, esto es, a la Iglesia de Dios, que es la Iglesia Católica Apostólica y Romana.

Sólo Dios obra la conversión de los corazones pero Él quiso asociar a los católicos para que obren como instrumentos Suyos en Su obra de conversión de los infieles.

 

4.- “Además, no es lo mismo la Iglesia y el Cuerpo de Cristo, hay un riesgo …”.

 

La Iglesia se identifica con el Cuerpo de Cristo, pero esto no significa que la Iglesia visible se identifique con el Cuerpo Místico de Cristo ya que los infieles de buena fe ingresan invisiblemente al Cuerpo Místico de Cristo y por tanto a la Iglesia Católica, aunque ellos no lo sepan.

Ahora bien, esa tal pertenencia invisible es misteriosa y extraordinaria y, por tanto, no puede predicarse con seguridad que tal o cual alma particular ingresó invisiblemente a la Iglesia.

He aquí que la Iglesia debe procurar que todos los acatólicos ingresen visible y sacramentalmente lo antes posible en su seno.

 

5.- “He aquí que, en orden a respetar y amar a la gente, es mejor actuar y no hablar demasiado”.

 

En orden a respetar y amar a la gente, lo mejor es enseñarles la Verdad (si la ignoran) ya que sólo “la Verdad nos hará libres”, como dijo el Señor. Si no anunciamos la Verdad salvífica, no estamos amando a los demás. Quien ama ardientemente a los prójimos infieles, estará, por tanto, lleno de santo celo por enseñarles la Verdad para que estos se conviertan.

Así como hablar demasiado está mal, callarse demasiado también está mal. Ahora bien, es preferible predicar inoportunamente la Verdad -como hacía y decía San Pablo- antes que disimular la Verdad o callarse como perros mudos cuando se debería haber confesado a Cristo por medio de la palabra, máxime hoy en día donde lo que abunda es la hipocresía y la apostasía. Vivimos en tiempos huérfanos de parresía…

 

D.- Consideraciones sobre el documento dicasterial “Testimonianza cristiana in un mondo multi-religioso” (TC).

 

El francés al que intentamos refutar cita a su favor un documento que el Dicasterio de Diálogo Interreligioso compuso en Thailandia (!) en enero de 2011. El mismo se intitula “Testimonianza cristiana in un mondo multi-religioso”. Nos referiremos al mismo simplemente con la sigla TC, citándolo en español, siendo nuestra la traducción del italiano. Para quien lo desee, también adjuntamos la cita en el idioma de Dante.

No haremos un análisis detallado de este escrito tailandés pero presentaremos algunas pocas observaciones que consideramos suficientes a los fines de este breve artículo.

 

D.1.- Aspectos interesantes de TC.

 

El documento en cuestión tiene algunas afirmaciones que no sólo son ciertas sino especialmente interesantes, como ser las siguientes:

 

“La misión pertenece a la esencia misma De la Iglesia” (“La missione appartiene all’essenza stessa della Chiesa”) (pr.); “anunciar la Palabra de Dios y testimoniarla es fundamental para cada cristiano” (“annunciare la Parola di Dio e testimoniarla è fondamentale per ogni cristiano […])” (pr.); “para los cristianos es un privilegio y una alegría dar razón de la esperanza que hay en ellos” (“per i cristiani è un privilegio ed una gioia rendere ragione della speranza che è in loro […])” (1); “Jesucristo es el supremo Testimonio (cf. Jn 18,37). El testimonio cristiano es siempre una participación a su testimonio” (“Gesù Cristo è il supremo Testimone (cfr. Gv 18, 37). La testimonianza cristiana è sempre una partecipazione alla sua testimonianza (…)” (2); “(…) los creyentes son enviados en misión para testimoniar en palabras y obras el amor de Dios uno y trino” (“[…] i credenti sono inviati in missione per testimoniare in parole ed opere l’amore di Dio uno e trino”) (2).

 

La segunda cita mencionada desmonta la pretensión del ecumaníaco francés de negarse a predicar puesto que, a pesar de ser un texto muy poco feliz, el documento, que él cita en su favor, claramente exhorta a anunciar la Palabra de Dios y a testimoniarla, distinguiendo por tanto ambas acciones: anuncio y testimonio, esto es, palabras y hechos. Aún más, en el mismo preámbulo del dicho documento se afirma que el testimonio de la fe en Cristo puede ser dado tanto con la palabra como con los hechos (“testimoniare la fede in Cristo, sia con le parole che con le opere”). Ergo, según este texto curial, es vano oponer testimonio a Evangelización.

 

D.2.- Peligros y daños de TC.

 

Lamentablemente el documento exhorta fuertemente a los herejes a anunciar la Palabra de Dios, lo cual es nefasto, no sólo porque que los acatólicos no tienen ninguna autoridad sagrada para predicar sino porque ordinariamente predicarán errores mezclados con verdades. El documento, valga aclararlo, fue elaborado y firmado no sólo por el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso (PCDI) sino por dos ententes que aglomeran una multitud de sectas heréticas: el CEC (Consejo Ecuménico de las Iglesias) y la llamada “Alianza Mundial Evangélica” (WEA). Nos parece ciertamente escandaloso que un dicasterio vaticano exhorte vehementemente a los herejes a anunciar la Palabra de Dios. Estimamos, por tanto, que es una traición de ciertos jerarcas al mismo Jesucristo que fundó una sola Iglesia, que es la Católica (cfr. Mt 16, 16-18). Al menos, corresponde decirlo, el dicho documento aclara que el mismo “no quiere ser una declaración teológica sobre la misión” (“non vuole essere una dichiarazione teologica sulla missione”, pr.)

TC, a su vez, llega al extremo de imponer a todos un supuesto deber de respetar las creencias falsas. Lo dice con estas palabras: “La libertad religiosa impone a todos nosotros la responsabilidad, igualmente no negociable, de respetar las fes diversas de la nuestra, y de nunca denigrarlas, difamarlas o falsearlas con el fin de afirmar la superioridad de nuestra fe”  (“La libertà di religione impone a tutti noi la responsabilità, ugualmente non negoziabile, di rispettare la fedi diverse dalla nostra, è mai denigrarle, diffamarle o travisarle allo scopo di affermarle la superiorità della nostra fede”) (3). Los autores de este dañino documento ecuménico tailandés olvidan que es un imperativo del sentido común (no sólo de la Tradición de la Iglesia) amar la Verdad y odiar al error, amar al pecador y odiar el pecado, amar al que yerra y odiar el error. El dicho documento, en cambio, obliga a respetar el error (“rispettare la fedi diverse dalla nostra”) y prohíbe refutarlo (“rispettare la fedi diverse dalla nostra, è mai denigrarle, diffamarle”). Prohíbe difamar a las falsas religiones, pero como difamar consiste en la predicación de un defecto real de algo o alguien, entonces, este documento prohíbe llamar falsas a las religiones falsas y prohíbe refutarlas ya que toda refutación de un sistema falso supone denigrarlo, mas según TC no se debe denigrar a las falsas religiones.

Nadie crea que negamos la infalibilidad papal o que nos negamos a prestar el debido obsequio a los documentos eclesiales. La realidad es que TC no es un documento papal sino que fue hecho por un dicasterio cuyos textos carecen de autoridad magisterial. Sí, hubiéramos querido que el Soberano Pontífice suprima este documento y amoneste a sus fautores, pero no decimos que él es el responsable del mismo.

 

En breve, pensamos que TC, en su espíritu y en muchos de sus pasajes, contradice el Magisterio Papal tradicional y aún conciliar sobre las Misiones. Estimamos, por tanto, que es un documento peligroso y, a su vez, de fondo cuasi-masónico. Es un documento que, a nuestro modo de ver, deforma parcialmente la misma noción de misión al buscar, por medio de negociaciones y contemporizaciones, lograr una paz falsa, que es la paz del mundo. Así, por más que sus autores hayan tenido las más celestiales intenciones de paz y de ternura, este texto, estimamos, traiciona a los Mártires y al mismo Jesucristo para congraciarse con el mundo malo y los enemigos de la Iglesia, esto es, los heresiarcas y los cismáticos.

 

E.- Conclusión

 

En la presente nota, hemos intentado refutar a un ignoto negador del Mandato Misionero. Por el momento, no damos su nombre pues esperamos que se arrepienta y enmiende. La contestación de sus sofismas nos sirve para refutar de paso a muchos que sostienen errores similares.

Como el susodicho quiere sustentar sus posturas en un documento dicasterial, debimos repartir algunos mandobles contra el referido texto curial. No queríamos oponernos públicamente a un texto vaticano, pero la caridad nos lo impuso pues vimos que este documento ya está causando grande mal sobre los fieles. “Mi dispiace”, diríamos en Italia.

Hemos publicado esto pues nos parece que contribuye a combatir la infernal atmósfera anti-misionera que infecta muchísimos ambientes católicos hace décadas.

Que Dios nos llene de celo misional y amor a la Verdad y que nos dé la gracia de odiar el error en todas sus formas, aún cuando provenga de encumbrados purpurados o dicasterios sagrados.

 

¡Viva la Verdad!

 

Padre Federico, S.E.

Misionero en la Meseta Tibetana

 

Febrero de 2017,

Himalaya

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