El “silencio” de las Misiones católicas (II): P. Nicolás S.J.

 

I.-

La herejía neo-modernista corrompe la Santa Fe Católica, atacando todas las verdades reveladas y aspectos de la vida cristiana. Así, los ideólogos que buscan mezclar el Evangelio con el principio de inmanencia, no cesan en su ímpetu de destruir todo lo católico. Esta infernal mentalidad niega incluso el “mandato misionero”, esto es, el progresismo ataca a las Misiones creyéndolas una errada rémora del pasado, una reliquia vetusta de la “Iglesia pre-conciliar”…

Ahora bien, el ataque a las Misiones es ciertamente unos de los males más graves que estamos padeciendo sobre la faz de la Iglesia ya que si la Iglesia no predica el Evangelio, se suicida.

La preternatural embestida contra las Misiones es polifacética. En efecto, despliega su virus de muchos modos: condenando el proselitismo a secas; promoviendo el respeto a las religiones erradas (en vez de respetar al que yerra y odiar al error); convirtiendo las sagradas Misiones en ONG´s, substituyendo la eterna salvación de las almas por la transitoria satisfacción de los estómagos; glorificando a los apóstoles que no hacen apostolado; rodando films que promueven la apostasía y hasta exhortando a una alianza (¡!) de la Fe verdadera con las religiones falsas, entre otras muchas burlas al rotundo e inapelable mandato que nos dejó el Señor antes de Su Ascensión: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a observar todo cuanto os he mandado” (Mt XXVIII, 19-20).

II.-

Entre los dichos ataques, hay uno que merece un especial y particular escarmiento. Nos referimos al padre Adolfo Nicolás, que hasta hace poco fue el Prepósito General de la Compañía de Jesús, la cual antaño protagonizó gloriosas epopeyas misioneras. En las notas que siguen, trataremos de refutar varios de los errores que el predicho prelado destiló en la entrevista que hace poco él concedió al semanal Alfa y Omega.

El P. Nicolás no tiene problema en exigir a la Iglesia que apostate en Japón. ¡Sí! Su genialidad pastoral es tal que dice que la Iglesia debe aliarse con religiones falsas. Según este religioso, la misma Iglesia que es la “columna y cimiento de la verdad” (1 Tim III, 15) debe hacer “alianzas con el budismo o el sintoísmo”. Ahora bien, esta alianza es apostasía.

El P. Nicolás se rasga las vestiduras lamentando que no se haya inculcado a los misioneros del Japón “la urgencia de estudiar el budismo” como merecía. Mas, él, que tanto estima el estudio del budismo, debería saber que ésta es una religión metafísicamente atea ya que descree de cualesquier Creador. Los budistas no creen en el Creador. En breve, el budismo es ateo. Dejamos para otro artículo, la interesante discusión sobre si el budismo debe o no ser considerado una religión…

Ahora bien, si el budismo es ateo… ¿cómo el padre Nicolás pretende que la Iglesia de Dios teja una alianza con el budismo? ¿Puede acaso haber una alianza entre el ateísmo y el culto divino, entre la adoración del Dios vero y su negación, entre Dios y Belial? ¿Qué clase de alianza es esta? Es la alianza del Modernismo, para el cual la Iglesia en vez de convertir al mundo, debe dejarse mundanizar.

El ex Prepósito de la Compañía llega al extremo de canonizar al Budismo… Dice así: el budismo “es obra del Espíritu”. Pero, ¿cómo el Espíritu Santo va a inspirar una religión atea? Ciertamente, el budismo es obra del espíritu… pero, no del bueno, sino del malo. Le vendría bien a Nicolás releer las Reglas ignacianas para el discernimiento de espíritus

El P. Nicolás dice que el Budismo tiene “tiene raíces profundamente cristianas”. Esto es absurdo ya que Buda vivió en el siglo sexto antes de Cristo. ¿Cómo algo va a tener raíces en un hecho posterior? La lógica de Nicolás, nos descoloca. Quizás sigue la misma lógica del Cardenal Madariaga, quien hace poco criticó al Cardenal Müller acusándolo (¡vaya acusación!) de tener una mentalidad en la que “está sólo lo que es verdadero y lo que es falso”, como si pudiese haber algo que no fuese ni verdadero ni falso. Es que el modernismo, después de mucha cáscara y guitarreo, acaba en negar la misma lógica.

El ex Superior general de los Jesuitas dice que el desapego budista tiene profundas raíces cristianas… Pero, parece olvidar que, al menos en buena parte de las escuelas tibetanas, el desapego budista se basa en la convicción de que nada existe, de que lo real no es real, de que todo es una mentira, una ilusión… Si nada existe, debo desapegarme de ello ya que no existe. Pero esto, no tiene ninguna relación con el desapego cristiano. Para los cristianos, debemos desapegarnos de las creaturas (que existen) para poder amar totalmente al Creador de las mismas y para amar las criaturas como Dios las ama, no como quien piensa que no tienen realidad, pues “en Dios nos movemos, existimos y somos” (Hch XVII).

El P. Adolfo Nicolás relata que el protagonista de una película budista se pasaba el tiempo “encontrándose con la realidad tal como es” contemplando una florcita. Nos llama la atención que no haga mención a la tradicional negación budista del real. Lo cierto es que Nicolás cita una película japonesa… Pero, puedo dar testimonio, no de una película, sino de un monje budista de carne y hueso, a quien hace unos días tuve que zarandear amagando con tirarlo a un pozo para que me acepte que él existe y que no es una ilusión. Después de esta insólita vivencia, me da risa que Nicolás elogie la capacidad de los budistas de encontrarse “con la realidad tal como (ésta) es”.

Luego de leer las terribles torturas a las que los japoneses paganos sometieron a los católicos, pasma ver que el P. Nicolás diga que “lo único que entienden” los japoneses es “la misericordia de Dios”. ¿Sabe acaso lo que hicieron los japoneses en la católica Filipinas durante el período en que la ocuparon? ¿Nos está tomando el pelo Nicolás?

El ex Superior General sugiere que el clero polaco no está “suficientemente preparado todavía para discernir”. Hace poco estuvimos en Polonia (fuimos a comprar cosas para la capilla que queremos hacer en el Himalaya) y nos regocijamos al contemplar el fervor de las multitudes que iban a los santuarios a rezar. Polonia acaba de entronizar a Cristo como Rey de Reyes… Pero, claro, ellos no saben discernir… Deben preguntarle a Nicolás… Él les va a enseñar a discernir y así van a aprender que las torturas niponas son un acto de misericordia, que el desapego nihilista es cristiano y que no queda otra más que aliarse con el ateísmo budista.

El P. Nicolás dice que “las otras religiones son lo mejor que una cultura puede ofrecer”. Que le pregunten a los prisioneros de los aztecas que eran ofrecidos como libación viviente a los demonios, si la religión azteca era lo mejor que la cultura local podía ofrecer. Sí, la religión azteca fue lo mejor que aquella cultura pudo ofrecer… a los demonios.

El P. Nicolás dice: “las culturas asiáticas, por ejemplo han producido el budismo. Este es su mejor fruto”. Pero, preguntamos al P. Nicolás, ¿acaso el mismo Verbo Eterno no se encarnó en Asia? ¿Acaso el Cristianismo, luego del Cielo, no empezó en Asia? ¿A qué estamos jugando?

Este religioso jesuita parece olvidar que el mismo Jesucristo nació en Asia. Ergo, que diga que el budismo es el mejor fruto de las culturas asiáticas resulta una afirmación asombrosa. La realidad es el que el mejor fruto, no sólo del Asia, sino de la Historia toda no es ni puede ser otro que la Obra Salvífica del único Redentor y el nacimiento de Su Cuerpo Místico, la Iglesia Católica. Alguno podría objetar que, stricto sensu, la Salvación y la Iglesia no son fruto de las culturas asiáticas sino de la acción directa de Dios, a lo cual responderemos que podemos conceder la proposición (aunque aun así habría que reconocer el elemento cultural asiático que de algún modo es asumido por el Redentor y Su mística Esposa), pero si esta fuese la tesitura del P. Nicolás, debería aclararlo ya que lo contrario suena a decir que Buda supera a Cristo y que las sectas de los bonetes naranjas y amarillos son mejores que la Iglesia de Dios.

El p. Adolfo parece ignorar que Cristo –en cuanto hombre-, la Virgen Santísima, San José, todo el Pueblo de Dios de la Antigua Alianza, San Moisés y todos los Santos Profetas y Patriarcas, San Elías, San Pedro y San Pablo y todos los demás Apóstoles, San Juan Bautista y San Esteban fueron todos asiáticos. Parece olvidar que la mayoría de las comunidades fundadas por San Pablo son asiáticas. Parece no haberse enterado que, con seguridad, al menos casi todos los hagiógrafos de las divinas Escrituras fueron asiáticos.

La realidad es que hombres como el padre Nicolás no son misioneros. Sino, anti-misioneros. He aquí que a nadie debe extrañar que este mismo sacerdote recomiende ver la película “Silencio”, elogiándola como “la película ideal para quien quiera reflexionar acerca de la evangelización de Japón”. ¿Cuál es la película ideal? Es una que presenta al mismo Cristo aconsejando a un Misionero que pise Su divino Rostro y reniegue de Él.

Eso es lo que hace el Modernismo: pisa el rostro de Dios y reniega de Él.

El P. Nicolás llega a decir que la dicha película es buena ya que “todo lo que hace pensar es bueno”. Con este criterio, habría que decir que un abstruso libro de brujería es bueno con tal que lo deje pensando al lector.

Nadie piense que el P. Nicolás sigue al sagrado Magisterio. La Iglesia en el siglo XX recordó con grande claridad que hay que pre-dicar, esto es, decir-con-fuerza el Evangelio. Basten estas citas…

El Papa del Concilio Vaticano II, San Juan XXIII, en su Princeps Pastorum (nº2), sentencia que “nunca se hará bastante para lograr que se realice plenamente el deseo del Divino Redentor, de que todas las ovejas formen parte de una sola grey bajo la guía de un solo Pastor”.

El mismo Concilio no pudo ser más claro a este respecto, como leemos en el decreto conciliar Ad Gentes (nº7): “La razón de esta actividad misional se basa en la voluntad de Dios, que “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos”, “y en ningún otro hay salvación”.

Misionar es urgente ya que ésta es la tarea primordial de la Iglesia. Así lo enseña San Juan Pablo II, quien escribió que “es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio y por la fundación de nuevas Iglesias en los pueblos y grupos humanos donde no existen, porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia, que ha sido enviada a todos los pueblos, hasta los confines dela tierra” (Carta encíclica Redemptoris Missio, 7 Diciembre 1990, 34).

Que nadie lo dude, entonces: la tarea principal de la Iglesia es anunciar la Fe y fundar nuevas Iglesias (locales) en los pueblos donde no existen.

Que queden estas líneas escritas.

Sé que me estoy metiendo con los peces gordos de la herejía progresista, hoy entronizados y glorificados por la clerecía a la moda. Mas, es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres (cfr. Hch IV, 19).

Nosotros, con San Pedro, no podemos dejar de gritar que “debajo del cielo no hay otro nombre dado a los hombres, por medio del cual podamos salvarnos” (Hch IV, 12) que no sea nuestro señor Jesucristo. Y, por eso, rogamos a Dios que nos dé la gracia de gastarnos y desgastarnos predicando y exaltando a los cuatro vientos la única Fe verdadera.

¡Viva Dios!

¡Muera la herejía!

Padre Federico, S.E.

Misionero en la Meseta Tibetana

14/II/17

Fiesta de los Santos Cirilo y Metodio

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