Del celo y la sed de nuestro Señor

Dr. Fernando del Carpio-Marek

Tarija, Mayo 2017

Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti,

el único Dios verdadero, y a tu enviado,

Jesucristo. (Jn 17,3)

¿En qué consiste el engaño del Anticristo? En que el hombre busque su propia gloria al margen de la de Dios, esto es, en el amor de sí hasta el desprecio de Dios, como decía San Agustín.

 La caridad inmanentizada proporciona gloria humana, y evita el escándalo de ser piedra de tropiezo, señal de contradicción. Mas cuando se busca la propia gloria, se pierde la fe. Lo dijo nuestro Señor Jesucristo:

¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios? (Jn 5,44)

 Y no sólo se pierde la fe, sino también el amor de Cristo, ese amor que urgía a San Pablo a predicar y exhortar la Buena Noticia de la Reconciliación con Dios por medio de Jesucristo (2 Cor 5,14). Nuevamente es nuestro Señor Jesucristo quien lo dice:

Además, yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes. (Jn 5,42)

Así, pues, la razón de la misión no es otra que el celo por la gloria de Dios. ¿No es robarle la gloria a Dios ayudar materialmente a los paganos dejándolos en su ignorancia del Dios Vivo? ¿Acaso el pagano puede glorificar a Dios en medio de sus idolatrías, supersticiones y cultos diabólicos?

No, no puede. Lo dice claramente el Apóstol de los paganos:

En efecto, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron ni le dieron gracias como corresponde. Por el contrario, se extraviaron en vanos razonamientos y su mente insensata quedó en la oscuridad. Haciendo alarde de sabios se convirtieron en necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes que representan a hombres corruptibles, aves, cuadrúpedos y reptiles. (Rm 1,21-23)

Pero hay más aún, ¿acaso todo el buen obrar que pueda tener el pagano, durante toda su vida, se puede comparar, en cuanto glorificación a Dios, con el solo acto de fe de pedir el bautismo, o con una sola participación en el Sacrificio de Amor de la Santa Misa, o con el solo acto de fe y humildad de pedir el perdón por sus pecados en la confesión? Quien acaso piense que sí, lo decimos con profundo dolor, no ha entendido nada de la obra de Jesucristo.

Y es que ni siquiera todas las obras de misericordia corporales imaginables pueden glorificar tanto a Dios como la santificación de un pagano por su conversión a la Fe Católica, su oración al Dios Vivo y la recepción de los Sacramentos; y todos los comedores, escuelas, hospitales y hogares de beneficencia, si es que proporcionan a los paganos bienes temporales pero los dejan en las tinieblas por la ignorancia del Dios verdadero y bajo el imperio de Satanás, privados de la herencia de los santos (Hch 26,18), no valen nada comparados con la gloria que es dada a Dios por la obediencia del misionero al mandato último de Cristo:

Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. (Mt 28,19-20)

En efecto, toda la gloria que recibió el Padre por su Hijo no fue por otra cosa que por la obediencia de éste: se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre (Fl 2,8-9).

No en vano el Apóstol San Pablo pide al Señor

que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza […] Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo –¡ustedes han sido salvados gratuitamente!– y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con él en el cielo. Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús. (Ef 1,17-18.2,4-7)

Así, quienes rechazan, o siquiera ponen en segundo plano el anuncio del Reino, la predicación del Evangelio de Cristo a los paganos, tienen el corazón oscurecido y no valoran la esperanza a la que han sido llamados.

Y así, con esos «tesoros de gloria» y la «inmensa riqueza de su gracia», se comportan como aquel hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo (Lc 16,19) que a su puerta tenía al pobre Lázaro cubierto de llagas, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico (16,20-21).

Sabemos cómo terminó el hombre rico: en el Infierno eterno. Privar a los paganos de las riquezas de la gracia de Cristo, de los tesoros que encierra Su gloria, y pensar que es suficiente, o incluso mejor, reducirse a prestar servicios caritativos inmanentes, es hacer como los perros que iban a lamer las llagas del pobre Lázaro, y que lo dejaban en la misma condición terrible (Lc 16,21).

Alguien, todavía, podría preguntar con buena voluntad, ¿no fue acaso nuestro mismo Señor Jesucristo, Quien dijo que se nos juzgará por las obras de misericordia corporales? ¿No le escuchamos acaso decir “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber…” (Mt 25,34-35)?

A esto hay que responder con las mismas palabras de nuestro Señor, que las dijo precisamente cuando había alimentado a la multitud en el mar de Galilea, haciendo notar que es, principalmente (aunque no exclusivamente) un alimento diferente al que Él se refiere, y con el que manda a sus discípulos alimentar a los hambrientos (Lc 9,13), un alimento que nada tiene que ver con el que podría dar una obra de asistencia social:

Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre […] Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed (Jn 6,26-27.35).

También hay que responder esclareciendo que cuando Jesús dice “tuve sed y me dieron de beber“, se está refiriendo en primer lugar a esa sed que manifestó desde la Cruz (Jn 19,28), que mucho más que física era espiritual, divina, sed de perdonar pecados, sed de reconciliar a los hombres con Dios, sed de saciar, con su preciosa Sangre, la sed de justificación a menudo inconsciente de los hombres; sed de hacer a los hombres hermanos Suyos, coherederos del Reino, y que al mismo tiempo es la sed que Él, Dios con corazón humano, siente en cada hombre, la sed de Dios, la sed de colmar el corazón en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor (CEC 850). Esa es la doble sed que le manifiesta a la Samaritana en el pozo:

Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú misma se lo hubieras pedido y él te habría dado agua viva. (Jn 4,10)

No, no existe nada, absolutamente nada más urgente, nada más encomiable que anunciar y manifestar

 

cuánta riqueza y gloria contiene para los paganos este misterio, que es Cristo entre nosotros, la esperanza de la gloria […] en quien están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento […] Porque en él, el Padre nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo entrar en el Reino de su Hijo muy querido, en quien tenemos la redención y el perdón de los pecados. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad, y nosotros participamos de esa plenitud de Cristo (Col 1,27; 1,13-14; 2,3.9-10).

Y no, en la Iglesia no estamos para un debate sobre cuáles serían las condiciones mínimas por las que un pagano que no recibió el bautismo podría salvarse. Los hijos de Dios no estamos para cálculos mezquinos de la liberalidad de nuestro Padre. A los hijos de Dios que formamos la Iglesia, nos debe consumir el celo por la gloria de Dios, que conlleva también el celo por la salvación de las almas. Además de consumirnos ardientemente por ver a Dios glorificado en la santificación de las almas que es obrada por la inserción de éstas a la Iglesia –sacramento universal de salvación y santificación–, debería conmover nuestras entrañas la posibilidad de que, por falta de la predicación del Reino, las almas paganas

que se dejan llevar por la frivolidad de sus pensamientos y tienen la mente oscurecida, que están apartados de la Vida de Dios por su ignorancia y su obstinación (Ef 4,17-18),

terminen cerrando el corazón a toda posibilidad de contrición por sus pecados. ¿Acaso Dios no suele evitar este endurecimiento por la predicación de sus profetas y apóstoles? ¿Acaso no les envía a decir: “Ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón”? Debería hacernos temblar la advertencia que nos hace el Señor en su revelación a Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia:

Es cierto que en el último momento, si el alma la desea [a la preciosa Sangre] y no la puede haber, también la recibirá; pero no haya nadie tan loco que con esta esperanza aguarde a la hora de la muerte para arreglar su vida, porque no está seguro de que, por su obstinación, yo en mi divina justicia, no le diga: “Tú no te acordaste de mí en vida, mientras tuviste tiempo, tampoco yo me acuerdo de ti en la hora de la muerte”. Que nadie, pues, se fíe, y si alguien, por su culpa, lo hizo hasta ahora, no dilate hasta última hora el recibir este bautismo de la esperanza en la Sangre. (El Diálogo 75)

Epílogo:

Sí, el Señor hará entrar en su Reino a quien le haya dado de comer. Y su comida no es otra que

llevar a cabo la obra de aquel que le envió (Jn 4,34).

Por tanto, al pedirnos de comer, y advertirnos que por ello se nos juzgará, la principal cosa que nos dice es que nos está haciendo participar de Su obra de anunciar y extender el Reino. Y no nos manda al fracaso, pero tampoco nos manda al éxito mundano que Satanás se atreve a ofrecer al Señor en el desierto (Mt 4; Lc 4).

En efecto, como enseña Mons. Munilla, «el Señor no suele querer que tengamos éxito, suele querer que demos fruto, que no es exactamente lo mismo. Lo de dar fruto, conlleva también el morir, la semilla da fruto si muere.»

Si bien es paralizante para la obtención de los frutos de Dios ese deseo de éxito mundano del que la Iglesia suele contaminarse, también es paralizante la acedia de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-33), quienes caminan con el Señor, pero no le reconocen, porque no han creído en sus palabras.

Por eso, también como estos dos discípulos, tenemos que dejar nuestra dureza de entendimiento y volver a escuchar al Señor para que nuestros corazones comiencen a arder con sus palabras.

He aquí que, para terminar estas líneas, nos gozamos en transcribir a continuación siete pasajes neo-testamentarios que especialmente iluminan el desafío misionero y nos servirán para arder con las divinas enseñanzas.

  1. De la esperanza misionera

El Misionero debe ser un hombre de esperanza ya que los campos ya están madurando para la conversión: “Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega […] Yo los envié a cosechar a donde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos. (Jn 4,35.38)

El Misionero debe ser un hombre de esperanza ya que muchos paganos se convertirán: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz […] Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10,16.27-30).

El Misionero debe ser un hombre de esperanza ya que Cristo es Omnipotente y estará con él siempre: “Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra […] Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo»” (Mt 28,18-20).

 

II.- Del espíritu de sacrificio del Misionero

 

El Misionero debe amar el sacrificio por el Señor y los paganos: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor” (Jn 12,24-26).

III.- Del espíritu de oración del Misionero

El Misionero debe ser un hombre de oración: “El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. […]La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos. Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor.[…] No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. (Jn 15,5.8-9.16)

III.- De la excelencia insuperable del Cristianismo

Todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo” (Fl 3,8).

 

Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3).

***

Post-scriptum

 

 

No podemos guardar para nosotros mismos la verdad que nos hace libres; hay que dar testimonio de ella, que pide ser escuchada, y al final su poder de convicción proviene de sí misma y no de la elocuencia humana o de los argumentos que la expongan. No lejos de aquí, en Tyburn, un gran número de hermanos nuestros murieron por la fe. Su testimonio de fidelidad hasta el final fue más poderoso que las palabras inspiradas que muchos de ellos pronunciaron antes de entregar todo al Señor. En nuestro tiempo, cuando el precio que hay que pagar por la fidelidad al Evangelio no es ser ahorcado, descoyuntado y descuartizado, a menudo implica ser excluido, ridiculizado o parodiado. Y, sin embargo, la Iglesia no puede sustraerse a la misión de anunciar a Cristo y su Evangelio como verdad salvadora”.

(S.S. Benedicto XVI,

Viaje Apostólico al Reino Unido,

18 de septiembre de 2010)

Marcar el Enlace permanente.

Deja un comentario