La urgencia de la audacia misional

gabrielperboyre

Martirio de San Gabriel Perboyre, apóstol de China

La urgencia de la audacia misional[1]

1. Podemos preguntarnos: ¿por qué aun hay tantos millones de almas que no recibieron siquiera el primer anuncio del Evangelio? La primer respuesta, nos parece, es que son pocos los valientes que se animan a dejarlo todo para ir a evangelizar a los paganos. De hecho, como advierte el Papa Francisco, “a veces el miedo nos paraliza demasiado. Si dejamos que las dudas y temores sofoquen toda audacia, es posible que […] nos quedemos cómodos y no provoquemos avance alguno y, en ese caso, no seremos partícipes de procesos históricos con nuestra cooperación, sino simplemente espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia”[2].

Si más almas se decidiesen a ir a misionar, se multiplicarían las conversiones, como ya decía  San Francisco Xavier, desde tierras lejanas: “muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales”[3]… Pero para misionar en tierras paganas, hace falta audacia. No por nada Benedicto XV decía, con naturalidad, que el buen Misionero “sabrá soportar y aún abrazar con heroica magnanimidad todas las contrariedades, asperezas, sufrimientos, fatigas, calumnias, indigencias, hambres y hasta la misma muerte, con tal de arrancar una sola alma de las fauces del infierno”[4]. En efecto, en la Misión, “hay vértigo, hay mucho de peligro, no hay seguridades humanas, incluso hay quienes te mueven la cuerda”[5].

La Misión exige heroísmo. El Beato Manna luego de enumerar una larga serie de cruces y peligros afrontados en las misiones, dice con sencillez evangélica lo siguiente: “Si, pues, también nuestros misioneros han sufrido […] si algunos han padecido la cárcel, hambre, sed y toda clase de ultrajes y humillaciones, pasando días y meses en verdadera agonía, azotados con frecuencia y amenazados de muerte continuamente […], tenemos todo derecho de esperar el bien para el futuro de nuestras misiones […], pudiendo decir con el Apóstol Pedro: “En la medida en que participéis de los padecimientos de Cristo, alegraos. Bienaventurados vosotros si sois ultrajados por el nombre de Cristo, porque la honra, la gloria y el poder de Dios y su Espíritu mismo reposan sobre vosotros”, (1 Pe. 4, 14). Esperar así puede parecer locura, y, sin embargo, ésta y no otra es la filosofía del Apostolado, ésta es la diplomacia de Dios. Si nosotros sabemos comprenderla, […] conseguiremos la victoria final […]”[6].

Ahora bien, ¿cómo se adquiere la audacia? Ya lo decía Aristóteles, y lo repetía Santo Tomás: “quienes están en buena relación con las cosas divinas son más audaces”[7].

2. Jesús viene a liberar todos los pueblos. Los libera de la idolatría, con la luz del verdadero Dios. Los libera del pecado con la luz de Su santa doctrina y de Sus divinos ejemplos[8] y con la fuerza de la gracia.

Pero, Jesús quiere liberar los pueblos por medio de misioneros, que se decidan a dejarlo todo para ir a salvar a las gentes, incluso a las islas y parajes más remotos del planeta. Pero todo esto requiere valentía…

Ahora bien, ¿de dónde nace la vera valentía? De la auténtica caridad ya que quien ama grandemente a Dios, está dispuesto a afrontar los mayores riesgos por las almas. Y, por el contrario, si se enfria la caridad, no podrá esperarse que haya celo y audacia misional. Nos vienen en mente, ahora, aquellas célebres palabras del Apóstol del Japón: “muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa, principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno!»”[9].

Quien tenga valentía misional, podrá repetir con San Francisco Xavier esta generosa oración misional: “«Señor, aquí me tienes; ¿qué quieres que haga? Envíame donde tú quieras»”[10]. Con almas así, dispuestas a todo por las almas, podremos –como nos pide el Papa Francisco- “encender el fuego en el corazón del mundo”[11], con el fuego del Espíritu Santo.

Jesús nos pide valentía. ¡No tengamos miedo! ¡No dejemos “que las dudas y temores sofoquen toda audacia”[12]! ¡Gustemos a fondo el cáliz de la aventura misionera!

Y así muchos pueblos podrán celebrar, en un futuro, el nacimiento de nuestro divino Redentor.

Francisco Xavier



[1] 22-XII-13, Segni / 31-XII-13, Roma.

[2] S.S. Francisco, Exh. Ap. Evangelii Gaudium, Sobre El Anuncio Del Evangelio en el Mundo Actual, Roma 2013, 129.

[3] San Francisco Javier, «¡Ay de mí si no anunciara la Buena Nueva! (Carta a San Ignacio; cartas 4 [1542] y 5 [1544])», in Vida de Francisco Javier, Libro 4, Roma 1956.

[4] S.S. Benedicto XV, Carta Ap. Maximum Illud, Sobre la propagación de la fe católica  en el mundo entero, Ciudad del Vaticano 1919, 71.

[5] El autor de esta cita se refiere a los Sacerdotes, pero nosotros lo extendemos a los Misioneros. La cita entera dice así: “¡Ser sacerdote es todo un arte inefable, arduo, pero entusiasmante! Hay vértigo, hay mucho de peligro, no hay seguridades humanas, incluso hay quienes te mueven la cuerda” (C. M. Buela, Sacerdotes para siempre, Tertio Millennio, Ediciones del Verbo Encarnado, Washington – Loja – Arequipa – Duschambé – San Rafael 2001).

[6] Reproducimos la cita entera: “Si, pues, también nuestros misioneros han sufrido, y muchos de ellos han sufrido enormemente y sufren todavía; si algunos han padecido la cárcel, hambre, sed y toda clase de ultrajes y humillaciones, pasando días y meses en verdadera agonía, azotados con frecuencia y amenazados de muerte continuamente, si con saqueos, devastaciones e incendios han destruido y siguen destruyendo casas, iglesias, obras que han costado muchos años de trabajos y recursos considerables, si vemos a nuestras cristiandades dispersadas, el ministerio vuelto muy frecuentemente difícil y peligroso; si nos vemos sistemáticamente perseguidos, odiados, despreciados y en muchas partes no tenemos a quién recurrir en ayuda y se nos niega hasta el derecho de reclamar justicia y protección; si se ha permitido que tantos martirios, tantas ruinas no hayan sido siempre justamente valorados, y los socorros hayan llegado tarde o insuficientes; si sufrimos éstas y otras cosas, tenemos todo derecho de esperar el bien para el futuro de nuestras misiones y del Instituto al cual se les ha asignado, pudiendo decir con el Apóstol Pedro: ”En la medida en que participéis de los padecimientos de Cristo, alegraos. Bienaventurados vosotros si sois ultrajados por el nombre de Cristo, porque la honra, la gloria y el poder de Dios y su Espíritu mismo reposan sobre vosotros“, (1 Pe. 4, 14). Esperar así puede parecer locura, y, sin embargo, ésta y no otra es la filosofía del Apostolado, ésta es la diplomacia de Dios. Si nosotros sabemos comprenderla, si viviendo como santos misioneros, sabemos colaborar con ella, conseguiremos la victoria final, victoria que no es necesario que tengamos que ver con nuestros propios ojos en nuestra vida mortal” (P. Manna, Virtudes apostólicas. Cartas circulares a los misioneros del P. I. M. E.  (Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras), Edición de Mons. Victorino Ortego, San Rafael – Argentina). Resaltad nuestro.

[7] STh., I-II q. 45, a. 3

[8] Nos inspiramos en este pasaje de San Alfonso: “Lo liberò dall’idolatria con dar luce del vero Dio; e lo liberò dal peccato colla luce della sua dottrina e de’ suoi divini esempi: In hoc apparuit Filius Dei, ut dissolvat opera diaboli (I Io. III, 8)” (San Alfonso Maria de Liguori, Meditazioni per li giorni dell’Avvento sino alla novena della nascita di Gesù Cristo).

[9] San Francisco Javier, «¡Ay de mí si no anunciara la Buena Nueva! (Carta a San Ignacio; cartas 4 [1542] y 5 [1544])».

[10] Ibid.

[11] S.S. Francisco, Exh. Ap. Evangelii Gaudium, Sobre El Anuncio Del Evangelio en el Mundo Actual, 271.

[12] Ibid, 129.

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