Súplica ardiente para pedir misioneros (S. Luis M. G. de Montfort)

Súplica ardiente para pedir misioneros

(Traducción de p. Pío Suárez B., s.m.m)

luis_maria_grignion_montfortInvocación al Padre

[1] “Acuérdate, Señor, de tu Congregación” que tenías en la mente, pensando en ella desde la eternidad1, que tenías en la mano, cuando con tu palabra creaste el universo; que llevabas en el corazón, cuando tu Hijo, al morir en la cruz, la consagró con su sangre y la confió al cuidado de su Madre Santísima.

[2] Escucha, Señor, los designios de tu misericordia; suscita los hombres de tu diestra, que has mostrado en visión profética a algunos de tus mayores servidores: San Francisco de Paula2, San Vicente Ferrer3, Santa Catalina de Siena4 y tantas otras almas en el último siglo y aún en éste en que vivimos.

[3] Acuérdate, Dios Todopoderoso, de esta Compañía, aplicándole sin medida todo el poder de tu brazo, para sacarla a la luz y llevarla a su perfección. “¡Renueva tus prodigios, haz nuevas maravillas!”5 ¡Qué sintamos la ayuda de tu brazo!6 Dios soberano, que de piedras toscas7 puedes forjar otros tantos hijos de Abraham, ¡pronuncia tu palabra divina para enviar buenos “obreros a tu cosecha”8 y buenos Misioneros a tu Iglesia!

[4] Acuérdate, Dios de bondad, de tus antiguas misericordias y por estas mismas misericordias, acuérdate de esta Congregación.

Acuérdate de las plegarias que tus siervos y siervas te han hecho sobre el particular desde hace tantos siglos: que sus votos, sus gemidos, sus lágrimas, la sangre por ellos derramada, lleguen a tu presencia para implorar poderosamente tu misericordia.

Acuérdate, sobre todo, de tu querido Hijo: “Contempla la cara de tu Ungido”9. Su agonía, su confusión y su llanto amoroso en el Huerto de los Olivos, cuando dice: “¿Qué ganas con mi muerte?”10 Su muerte cruel y su sangre derramada te imploran a gritos misericordia, a fin de que, por medio de esta Congregación, se establezca su imperio sobre las ruinas del de sus enemigos.

[5] Acuérdate, Señor, de esta comunidad en los efectos de tu justicia: “Señor ya es hora de que actúes, porque han violado tu Ley”11. Es tiempo de hacer lo que has prometido. ¡Tu divina Ley es quebrantada! ¡Tu Evangelio ha sido abandonado! Torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran a tus mismos servidores. La tierra entera está desolada12. La impiedad está sobre el trono. Tu santuario es profanado y la abominación se halla hasta en el lugar santo13.

¿Lo dejarás todo abandonado, Señor de la justicia, Dios de las venganzas? ¿Vendrá a ser todo, al fin, como Sodoma y Gomorra? ¿Permanecerás callado? ¿Seguirás soportándolo todo? ¿No es acaso necesario que se haga tu voluntad en la tierra como en el Cielo, y que venga tu reino? ¿No has mostrado de antemano a algunos de tus amigos una renovación futura de tu Iglesia?

¿No han de convertirse los judíos a la verdad? ¿No es esto lo que espera la Iglesia? ¡No te piden a gritos todos los santos el Cielo? ¡Justicia! “¡Venganza!”?14 ¡No te dicen todos los justos de la tierra: “Sí, ven, Señor”?15 Las creaturas todas, aún las más insensibles, gimen bajo el peso de los pecados innumerables de Babilonia y piden tu venida para restaurar todas las cosas: “La creación entera gime”16.

Invocación al Hijo

[6] Señor Jesús, acuérdate de tu Congregación. Acuérdate de dar a tu Madre una nueva Compañía, para renovarlo todo por Ella y acabar por María los años de la gracia, como los has comenzado por Ella. “Da hijos” y servidores a tu Madre. “Que si no, me muero”17.

“Dalos a tu Madre”. Por Ella te pido. Acuérdate de sus entrañas y de sus pechos, y no me rechaces. Acuérdate de que eres su Hijo y escúchame. Acuérdate de lo que Ella es para Ti y de lo que Tú eres para Ella, y cumple mis deseos.

¿Qué te pido? Nada en mi favor. Todo para tu gloria.

¿Qué te pido? Lo que Tú puedes, y aun, me atrevo a decirlo, lo que debes concederme, como Dios verdadero que eres, a quien se ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra18, y como el mejor de todos los hijos, que amas infinitamente a tu Madre.

[7] ¿Qué te pido?

Hijos: Sacerdotes libres con tu libertad, desprendidos de todo, sin padre, sin madre, sin hermanos, sin hermanas, sin parientes según la carne, sin amigos según el mundo, sin bienes, sin estorbos y aún sin voluntad propia19.

[8] Hijos: Esclavos de tu amor y de tu voluntad; hombres según tu corazón, que sin voluntad propia que los manche y los detenga, cumplan todos tus designios y arrollen a todos tus enemigos, como nuevos Davides, con el báculo de la cruz y la honda del santo rosario en las manos20.

[9] Hijos: Nubes levantadas de la tierra y llenas de rocío celeste, que sin obstáculos vuelen por todas partes al soplo del Espíritu Santo. Son ellos, en parte, aquellos a quienes contemplaron tus profetas cuando preguntaban: “¿Quiénes son ésos que vuelan como nubes?”21. “Iban donde el Espíritu los empujaba”22.

[10] Hijos: Hombres siempre en tu mano. Pronto siempre a obedecerte a la voz de sus superiores, como Samuel: “Heme aquí”23. Siempre dispuestos a correr y a sufrirlo todo contigo y por tu causa, como los Apóstoles: “Vamos también nosotros a morir con Él”24.

[11] Hijos: Verdaderos hijos de María, tu Santa Madre, engendrados y concebidos por su caridad25, llevados en su seno, pegados a sus pechos, alimentados con su leche, educados por sus cuidados, sostenidos por su brazo y enriquecidos con sus gracias.

[12] Hijos: Verdaderos servidores de la Santísima Virgen, que como otros tantos Domingos26, vayan por todas partes con la antorcha brillante y ardiente del Santo Evangelio en la boca y el Santo Rosario en la mano, a ladrar como perros, a quemar como brasas y alumbrar las tinieblas del mundo como soles27. Y que, por medio de la verdadera devoción a María, –es decir, interior sin hipocresía, exterior sin crítica, prudente sin ignorancia, tierna sin indiferencia, constante sin liviandad y santa sin presunción–, aplasten, por dondequiera que vayan, la cabeza de la antigua serpiente para que la maldición que le lanzaste se cumpla enteramente: “Pongo perpetua enemistad entre ti y la Mujer; entre tu linaje y el suyo; Ella te aplastará la cabeza”28.

[13] Es verdad, Dios soberano, que el demonio pondrá, como Tú lo has predicho, grandes asechanzas al calcañar de esta mujer misteriosa, es decir, a esta pequeña Compañía de hijos tuyos, que vendrán hacia el fin del mundo. Y que habrá grandes enemistades entre esta bienaventurada descendencia de María y la raza maldita de Satanás. Pero es una enemistad totalmente divina, la única de que Tú eres autor: “Pongo enemistad”.

Pero estos combates y persecuciones que los hijos de la raza de Belial29 desencadenarán contra la raza de tu santa Madre, sólo servirán para hacer brillar más el poder de tu gracia, la energía de su virtud y la autoridad de tu Madre; puesto que Tú, desde el principio del mundo, le has dado el encargo de aplastar a este orgulloso, por la humildad de su corazón y de su planta: “Ella te aplastará la cabeza”.

[14] “Que si no, me muero”. ¿Acaso no sería mejor morir que verte, Dios mío, todos los días tan cruel e impunemente ofendido, y hallarme todos los días más y más en peligro de ser arrastrado por los torrentes de iniquidad que van creciendo? Mil muertes me serían mas tolerables. ¡Envíame socorro desde el Cielo o llévate mi alma! Si no tuviera la esperanza de que oirás tarde o temprano a este pobre pecador, en interés de tu gloria, como has oído a tantos otros –“Gritó este pobre, el Señor lo escuchó”–30, le pediría insistentemente con un profeta: “Llévate mi alma”31. Pero la confianza que tengo en tu misericordia me hace decir con otro profeta: “No, no moriré, viviré y publicaré las obras del Señor”32. Hasta que pueda decir con Simeón: “Ahora ya puedes dejar que tu servidor muera en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador”33.

Invocación al Espíritu Santo

 [15] Espíritu Santo, acuérdate de producir y formar hijos de Dios con María, tu divina y fiel Esposa. Tú formaste la Cabeza de los predestinados con Ella y en Ella. Con Ella y en Ella debes formar todos sus miembros.

Tú no engendras ninguna persona divina en la Divinidad. Pero Tú solo formas, fuera de la Divinidad, todas las personas divinas. Y todos los santos que han sido y serán hasta el fin del mundo, son otras tantas obras de tu amor unido a María.

[16] El reino especial de Dios Padre duró hasta el diluvio y terminó con un diluvio de agua. El reino de Jesucristo terminó con un diluvio de sangre. Pero tu reino, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa actualmente, y terminará con un diluvio de fuego, de amor y de justicia34.

[17] ¿Cuándo vendrá este diluvio de fuego de puro amor, que Tú debes enviar sobre toda la tierra, de manera tan dulce y vehemente, que todas las naciones –los turcos, los idólatras, los mismos judíos– se abrasarán en él y se convertirán? “Ninguna cosa escapa a su ardor”35.

Que este fuego divino, que Jesucristo vino a traer a la tierra, se encienda, antes de que Tú enciendas el de tu cólera, que reducirá toda la tierra a cenizas. “Envía tu Espíritu y serán creadas las cosas, y renovarás la faz de la tierra”36.

Envía este Espíritu, que es todo fuego, sobre la tierra para crear en ella Sacerdotes totalmente de fuego, por ministerio de los cuales sea renovada la faz de la tierra y tu Iglesia reformada.

[18] “Acuérdate de tu Congregación”. Es una Congregación, una asamblea, una selección, un grupo escogido de predestinados, que Tú debes formar en el mundo y del mundo: “Yo los elegí de en medio del mundo”37. Es un rebaño de corderos pacíficos, que Tú debes reunir en medio de tantos lobos38. Una compañía de castas palomas y de águilas reales, en medio de tantos cuervos. Un enjambre de abejas, en medio de tantos zánganos. Una manada de ágiles ciervos, en medio de tantas tortugas. Un escuadrón de leones valerosos, en medio de tantas liebres tímidas.

“¡Señor, reúnenos de entre las gentes!”39. Congréganos, reúnenos para que se dé toda la gloria a tu Nombre santo y poderoso.

La Compañía de María

[19] Tú anunciaste esta ilustre Compañía a tu Profeta, que habla de ella en términos muy oscuros y misteriosos, pero totalmente divinos: “Hiciste caer una lluvia generosa, para reanimar a los tuyos redimidos. Y tus familiares hallaron reposo, en el lugar que tu bondad les preparó. El Señor da a los mensajeros la noticia: Dios dispersó un inmenso ejército. Huyen reyes, huyen con sus tropas; una mujer en su carpa reparte el botín: alas de paloma cubiertas de plata y de oro en su plumaje. Mientras el Todopoderoso vencía a los reyes, caían nieves sobre el Salmón40. Montes de Dios, montes de Basán41, altos y encumbrados, montes escarpados, montes de Basán. ¿Por qué miran celosos al monte que Dios quiso habitar, en que el Señor habita para siempre?”42.

[20] ¿Cuál es, Señor, esa lluvia generosa que has preparado y escogido para tu heredad agobiada, sino estos santos Misioneros, hijos de María, tu Esposa, que debes reunir y separar del común de las gentes, para bien de tu Iglesia, tan debilitada y manchada por los crímenes de sus hijos?

[21] ¿Quiénes son esos animales y esos pobres que morarán en tu heredad y que serán alimentados en ella con la dulzura divina que Tú les has preparado, sino estos pobres Misioneros abandonados a la Providencia, que rebosarán de tus delicias divinas; sino los animales misteriosos de Ezequiel43, que tendrán la humanidad del hombre por su caridad desinteresada y bienhechora para con el prójimo; la valentía del león por su santa cólera y su celo ardiente y prudente contra los demonios, hijos de Babilonia; la fuerza del buey por sus trabajos apostólicos y su mortificación de la carne; y en fin la agilidad del águila por su contemplación en Dios? Tales serán los Misioneros que Tú quieres enviar a tu Iglesia. Tendrán ojos de hombre para el prójimo, ojos de león contra tus enemigos, ojos de buey contra sí mismos y ojos de águila para Ti.

[22] Estos imitadores de los Apóstoles predicarán con gran fuerza y poder; tan grande y resplandeciente, que conmoverán las almas y los corazones en los lugares en donde prediquen. A ellos darás tu palabra, tu misma boca y sabiduría, a las que ninguno de sus enemigos podrá resistir.

[23] Entre estos predilectos, Tú en calidad de rey de las virtudes de Jesucristo, el Predilecto, tendrás tus complacencias, puesto que ellos en todas las Misiones no tendrán más finalidad que darte toda la gloria de los despojos que arrebatarán a sus enemigos44.

[24] Por su abandono a la Providencia y su devoción a María, tendrás las alas plateadas de la paloma, es decir la pureza de la doctrina y de las costumbres. Y su espalda, dorada, es decir una perfecta caridad con el prójimo para soportar sus defectos, y un gran amor a Jesucristo para llevar su cruz.

[25] Tú solo, como Rey de los Cielos y Rey de los reyes,  separarás del común de las gentes a estos Misioneros como a otros tantos reyes, para hacerlos más blancos que la nieve sobre el monte Salmón, monte de Dios, monte abundante y fértil, monte fuerte y macizo, monte en el que habita el Señor y habitará hasta el fin.

¿Quién es, Señor, Dios de verdad, este misterioso monte, del que nos dices tantas maravillas, sino María, tu querida Esposa, cuyos cimientos has colocado sobre las cumbres de las más altas montañas?45.

Dichosos, una y mil veces, los Sacerdotes que de manera tan particular has escogido y predestinado para morar contigo en esta abundante y divina montaña, a fin de que lleguen a ser los reyes de la eternidad, por su desprecio de la tierra y su elevación en Dios; a fin de que se tornen más blancos que la nieve por su unión con María, tu Esposa, toda hermosa, toda pura y toda inmaculada; a fin de que se enriquezcan allí del rocío del cielo y de la fertilidad de la tierra46, de todas las bendiciones temporales y eternas de que María está llena.

Desde lo alto de esta montaña, como otros Moisés, lanzarán —por sus ardientes plegarias— dardos contra sus enemigos para derrotarlos o convertirlos47.

En esta montaña aprenderán de la boca del mismo Jesucristo, que siempre mora en Ella, la inteligencia de sus ocho bienaventuranzas48.

En esta montaña de Dios serán transfigurados con El como en el Tabor, morirán con El como en el Calvario, y subirán al Cielo con El como desde el monte de los Olivos.

Conclusión

[26] “Acuérdate de tu Congregación”. A Ti solo toca formar, por tu gracia, esta Congregación. Si el hombre pone en ello el primero la mano, nada se hará. Si mezcla de lo suyo contigo, lo echará todo a perder, lo trastornará todo. Es tu Congregación: es tu obra, Dios soberano. Realiza tus designios totalmente divinos: junta, llama, reúne de todos los confines de tus dominios a tus elegidos, para formar con ellos un cuerpo de ejército contra tus enemigos.

[27] Mira, Señor, Dios de los ejércitos, los capitanes que forman compañías completas, los potentados que levantan ejércitos numerosos, los navegantes que arman flotas enteras, los mercaderes que se reúnen en gran número en los mercados y en las ferias.

¡Cuántos ladrones, impíos, borrachos y libertinos se reúnen en tropel contra Ti todos los días, tan fácil y prontamente!

Un silbido, un toque de tambor, una espada embotada que se muestre, una rama seca de laurel que se prometa un pedazo de tierra roja o blanca49 que se ofrezca…, en tres palabras; un humo de honra, un interés de nada, un miserable placer de bestias que está a la vista, reúne al momento ladrones, agrupa soldados, junta batallones, congrega mercaderes, llena las casas y los mercados, y cubre la tierra y el mar de una muchedumbre innumerable de réprobos, que, aunque divididos unos de otros por la distancia de los lugares o por la diferencia de los temperamentos o de su propio interés, se unen no obstante hasta la muerte, para hacerte la guerra bajo el estandarte y la dirección del demonio.

[28] Y por Ti, Dios soberano, aunque en servirte hay tanta gloria, tanta dulzura y provecho, ¿casi nadie tomará tu partido? ¿Casi ningún soldado se alistará bajo tus banderas? ¿Ningún San Miguel gritará de en medio de tus hermanos por el celo de tu gloria: “¿Quién como Dios?”50

¡Ah! Permíteme ir gritando por todas partes: ¡Fuego, fuego, fuego! ¡Socorro, socorro, socorro! ¡Fuego en la casa de Dios! ¡Fuego en las almas! ¡Fuego en el santuario! ¡Socorro, que se asesina a nuestros hermanos! ¡Socorro, que se degüella a nuestros hijos! ¡Socorro, que se apuñala a nuestro padre!

[29] “El que sea del Señor júntese conmigo”51. Que todos los buenos Sacerdotes repartidos por el mundo cristiano, sea que actualmente se hallen combatiendo o que se hayan retirado de la pelea a los desiertos y soledades, que todos esos buenos Sacerdotes vengan y se junten con nosotros –la unión hace la fuerza–, para que formemos, bajo el estandarte de la cruz, un ejército bien ordenado en batalla y bien dispuesto para atacar de concierto a los enemigos de Dios, que “ya han tocado alarma”52, “rechinaron los dientes”53, “bramaron”54, “se multiplicaron”55.

“Rompamos sus coyundas, arrojemos de nosotros sus ataduras. El que mora en los Cielos se ríe de ellos”56.

[30] “¡Alzase Dios! ¡Se dispersan sus enemigos!”57.

“¡Despierta! ¿Por qué estás dormido, Señor? ¡Desperézate!”58 Levántate, Señor, en tu omnipotencia, tu misericordia y tu justicia, para formar una Compañía escogida de guardias personales que guarden tu casa, defiendan tu gloria y salven sus almas, a fin de que “no haya sino un rebaño y un pastor”59, y que “todos te rindan gloria en tu templo”60. Amén.

¡Dios Solo!

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NOTAS:

(1) Sal 73,2. (2) San Francisco de Paula (1416-1507), Fundador de los Mínimos, nació en Paola (Italia) y murió en Francia. (3) San Vicente Ferrer (1350-1419), gran Misionero popular, nació en España y predicó en Francia, en los mismos pueblos en los que iba a predicar San Luis María de Montfort. (4) Santa Catalina (1337-1380), Patrona de Italia y Doctora Universal de la Iglesia, nació en Siena (Italia), fue a Francia desde donde trajo a Roma al Papa, y murió en la misma ciudad de Roma. (5) Eclo 36,6. (6) Sab 5,17. (7) Mt 3,9. (8) Lc 10,2. (9) Sal 83,10. (10) Sal 29,10. (11) Sal 118,126. (12) Jer 12,11. (13) Dan 9,27; Mt 24,15; Mc 13,14.(14) Ap 6,10. Sodoma, Gomorra y Babilonia (Gén 13,13; Ap 17,5; Is 13,19; Gén 18,26; 19,24) son el símbolo de la corrupción, porque en ellas había mucho vicio. Sodoma y Gomorra se encontraban al sur del Mar Muerto, y Babilonia era la capital de Mesopotamia. (15) Ap 22,20. (16) Rom 8,22. (17) Gén 30,1. (18) Mt 28,18. (19) Mc 10,29; Lc 14,26. (20) 1 Re 17,40; Sal 22,4; San Pedro Damián, PL 144, 721 c. (21) Is 60,8.(22) Ez 1,12. (23) 1 Re 3,16. (24) Jn 11,16. (25) San Agustín PL 37, 1923. (26) Santo Domingo de Guzmán (1170-1221), Fundador de los Domínicos, nació en España, predicó mucho en Francia, y murió en Italia. Su mamá, antes que él naciera soñó proféticamente con un perrito que tenía una antorcha en la boca: es que Santo Domingo y la Orden que iba a fundar, con la predicación llevarían por todas partes la antorcha de la Palabra de Dios. En cuanto al Sto. Rosario, popularmente se atribuye a Santo  Domingo la difusión de esta “Oración predilecta” de Juan Pablo II (Pero, ver “El Secreto Admirable”, de San Luis María de Montfort, nota del número 33 de la edición peruana. (27) Jordán de Sajonia, Libellus de P.Q.P. (28) Gén 3,15. (29) Belial (2 Cor 6,15) en hebreo quiere decir “Maligno”, y es sinónimo de “Acusador”, que en hebreo se dice “Satán” (Mt 12,26) y en griego “Diablo” (Mt 25,41). (30) Sal 33,7. (31) 1 Re 19,4. (32) Sal 117,17. (33) Lc 2,29-30. (34) 1 Jn 5,8; Manuscrito Renty 3177, escrito por María de Coutances (Biblioteca Mazarine) pág. 185; Tratado de la Verdadera Devoción, de San Luis M. de Montfort, Nº 47. (35) Sal 18,7. (36) Sal 103,30. (37) Jn 15,19. (38) Lc 10,3. (39) Sal 105,47. (40) Salmón, que actualmente se llama Yebel el kebel, está cubierto de bosques, y se encuentran cerca de Siquem (Jue 9,48). (41) Basán, con abundantes pastos y ganados, en la parte oriental del río Jordán. (42) Sal 67,10-17. (43) Ez 1,5-14. (44) Lc 21,15. (45) Sal 86 1; Is 2,2; Miq 4,1. (46) Gén 27,28. (47) Ex 17,8-13. (48) Mt 5,3-11. (49) Aquí, como en otros escritos del Santo Autor (Tratado de la Verdadera Devoción, 189), “tierra roja” indica el oro, y “tierra blanca” indica la plata. (50) San Gregorio, PL 76, 1251A; Olier, Lettres II 1885, pág. 576. En hebreo “Miguel” quiere decir: “¿Quién como Dios?” (51) Ex 32,26. (52) Sal 45,4. (53) Sal 34,16. (54) Sal 2,1. (55) Sal 24,19. (56) Sal 2,3-4. (57) Sal 67,1. (58) Sal 43,24.(59) Jn 10,16. (60) Sal 28,9.

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