El sacerdote: hombre de celo

Zurbar†n - Cristo CrucificadoEnseña San Alfonso María de Ligorio, a quien seguimos en este sermón, que este es el más importante de todos los discursos en la predicación de Ejercicios al clero, y a la vez el más útil, dando la razón: «porque si se consigue que uno de los sacerdotes se resuelva, como hay que esperarlo de la gracia de Dios, a darse de lleno a la salvación del prójimo, se habrá conseguido no tan sólo la salvación de un alma, sino la de ciento y la de mil que se salvarán por medio de este sacerdote».

Este tema lo desarrolla San Alfonso en cuatro puntos:

1- Obligación de todos los sacerdotes en trabajar para salvar almas;
2- Gozo que causa a Dios ese sacerdote que trabaja por el prójimo;
3- Salvación y premio que tendrá;
4- Del fin, de los medios y de las obras del sacerdote celoso de la salvación del prójimo.

1. Obligación de todos los sacerdotes de tener celo por las almas

Se dice que: «Hay muchos y hay pocos sacerdotes; muchos de nombre, pero pocos por sus obras», y agrega San Alfonso: «El mundo está lleno de sacerdotes, pero son contados los que se esfuerzan por ser sacerdotes de verdad, es decir, por satisfacer el oficio y la dignidad del sacerdote, que es salvar las almas». Pocos se esfuerzan por salvar almas: «la obra más divina entre las divinas es la obra de la salvación de las almas». Jeremías los llama pescadores y cazadores. San Clemente dice: «Después de Dios, es el Dios de la tierra», puesto que por medio de los sacerdotes se forman los santos aquí abajo. «Sin sacerdotes, no habría santos en la tierra», dice San Ignacio de Antioquía, mártir.
Grandísima es la dignidad de los sacerdotes; pero es grandísima también su doble obligación: Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza (Heb 5, 1-2).
«Su oficio es ganar almas y no plata», enseña San Ambrosio. Su mismo nombre sacerdote expresa la naturaleza de sus funciones: sacra docens (según san Antonino), o sacra dans (según Santo Tomás), y presbítero, de praebens íter (según Honorio de Autún), el que abre al pueblo el camino por donde se va al cielo. Por tanto, el sacerdote debe ser el guía y sostén de las almas por el camino de la salvación.
San Jerónimo enseña: «Si quieres desempeñar el oficio de sa-cerdote haz de modo que salves tu alma salvando la de los de-más». Pero si la sal no sala ¿para qué sirve?
Es médico (Orígenes, San Jerónimo), pero «si el médico huye de los enfermos» -se pregunta San Buenaventura- «¿quién los cuidará?». Los sacerdotes tienen la misión de extirpar los vicios y las máximas perniciosas de los pueblos y hacer que florezcan las virtudes y las máximas eternas. Dios le impone la misma obligación que a Jeremías: Desde hoy mismo te doy autoridad sobre las gentes y sobre los reinos para extirpar y destruir, para perder y derrocar, para reconstruir y plantar (Jer 1, 10).
¿Cómo podrá excusarse de pecado el negligente y perezoso? ¿No escuchará acaso, Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes (Mt 25, 28-30)?
«Al sacerdote no le bastará para salvarse vivir santamente, porque se perderá con quienes se perderán por culpa suya», dice San Próspero, sea por negligencia o por miedo a pecar (vano temor). Los sacerdotes negligentes serán reos ante Dios de todas las almas que podían haber auxiliado y que se perdieron por su negligencia, enseñaba San Gregorio Magno.

2. Del placer que causa a Dios el sacerdote que se dedica a la salvación de las almas

Para darse cuenta de cómo desea Dios la salvación de las al-mas, basta sólo considerar lo que ha hecho en la obra de la redención humana. Bien claro patentizó Jesucristo este su deseo cuando dijo: con un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustia la mía hasta que se cumpla! (Lc 12, 50). Parecíale desfallecer por el ansia que tenía de ver realizada la obra de redención, que salvaría a los hombres. De esto infiere justamente San Juan Crisóstomo que «no hay cosa más cara a Dios que la salvación de las almas». Decía San Lorenzo Justiniano hablando al sacerdote: «Si te preocupa la honra de Dios, no la podrás buscar de modo mejor que trabajando en la salvación de las almas». Dice San Bernardo que a los ojos de Dios un alma vale tanto como el mundo entero; de ahí que escribiera el Crisóstomo que «quien convierte una sola alma, agrada más a Dios que si repartiera todos sus bienes en limosnas». Asegura Tertuliano que «Dios estima tanto la salvación de una ovejuela que anda fuera de camino como la salvación de todo el rebaño». Por esto decía el Apóstol: me amó y se entregó por mí (Ga 2, 20).
El espíritu eclesiástico, escribe Luis Habert, «consiste precisa-mente en el ardiente celo de promover la gloria de Dios y la salvación del prójimo».
Después de haber preguntado el Salvador a Pedro, hasta tres veces, si le amaba, seguro ya de su amor, no le recomendó como prueba de tal amor, sino que tuviera cuidado de las almas. Comenta San Juan Crisóstomo: «pudiera haber dicho: si me amas, despréndete del dinero, ayuna, duerme sobre la tierra, agota el cuerpo a trabajos. Pero no; sólo dijo apacienta mis ovejas». Y San Agustín comenta la palabra mías, suponiendo que el Señor quiso decir: Apaciéntalas como mías, no como tuyas; en ella busca mi gloria y no la tuya, mi provecho y no el tuyo.
Decía San Pablo que para alcanzar la salvación de los prójimos hubiera aceptado ser separado de Jesucristo (por algún tiempo, como explican los intérpretes): pues desearía ser yo mismo anatema por parte de Cristo en bien de mis hermanos según la carne (Ro 9, 3). San Juan Crisóstomo «deseaba ser mirado como objeto de excreción con tal de que se convirtieran sus súbditos». San Buenaventura declaraba que recibiría tantas muertes cuantos pecadores había en el mundo, para que todos se salvaran. San Francisco de Sales, hallándose entre los herejes del Chablais, no dudó en lo más crudo del invierno, de pasar a gatas una viga helada que cruzaba el río, expuesto a sufrimientos y peligro, a trueque de poder ir a predicar a aquellas gentes. San Cayetano, hallándose en Nápoles en el año 1547, cuando se desarrolló aquella terrible revolución, al ver que se perdían tantas almas, se sintió tan profundamente afectado, que murió de puro dolor. San Ignacio de Loyola decía que, aún cuando estuviese cierto de su eterna salvación, si muriese en aquella hora, sin embargo elegiría permanecer en la tierra aún en la incertidumbre de salvarse, si con ello pudiera continuar ayudando a las almas.
He aquí el celo por las almas de que están animados todos los sacerdotes amantes de Dios; y, sin embargo, sacerdotes hay que por la más mínima excusa, por no exponerse a un trabajillo o por recelo de cualquier enfermedad, descuidan la ayuda de las almas. Y en esto faltan también los que a las veces tienen la cura de almas. Decía San Carlos Borromeo que el párroco que quiera adoptar toda clase de comodidades y utilizar cuánto pueda para favorecer la salud corporal, nunca podrá desempeñar bien sus obligaciones. Y añadía que el párroco nunca se debía acostar sino después de tres ataques de fiebre.

3. De cómo asegura la salvación eterna el sacerdote que trabaja en la salvación de las almas y del extraordinario premio que por ello tendrá en el cielo

Difícilmente muere mal el sacerdote que en la vida se sacrificó en bien de las almas. Cuando… des tu pan al hambriento y sacies el alma humillada, irradiará en las tinieblas tu luz… Y Yahveh te conducirá de continuo… y fortalecerá tus huesos (Is 58, 10-11). Si empleares tu vida, dice el profeta, en ayudar al alma necesitada y la consolares en sus aflicciones, cuando lleguen las tinieblas de tu muerte temporal, el Señor te llenará de luz y te librará de la muerte eterna. Esto era lo que decía San Agustín: «Si salvaste un alma predestinaste la tuya». Y antes lo había dicho el Apóstol Santiago: entienda que el que convierte un pecador del extravío de su camino, salvará su alma de la muerte y cubrirá la muchedumbre de los pecados (Sant 5, 20).
Los sacerdotes que se sacrificaron por las almas oirán que en la muerte Dios mismo les anuncia el descanso eterno: Sí -dice el Espíritu-, que descansen de sus trabajos, porque sus obras los acompañan (Ap 14, 13).
«Si merece gran recompensa, dice San Gregorio, quien libra a un hombre de la muerte temporal, ¿cuánto mayor la merecerá quien libre a un alma de la muerte eterna y le asegure una vida que no tendrá fin?». El sacerdote que se condena no se condena solo; pero el sacerdote que se salva, ciertamente no se salva solo.
No se abata ni renuncie a misión tan importante el sacerdote que, luego de trabajar por llevar las almas a Dios, no ve coronados sus esfuerzos con el éxito. Sacerdote mío, dícele San Bernardo para infundirle ánimos, a pesar de ello no desconfíes y cree firmemente en el premio que te aguarda. Dios no exige de ti la curación de estas almas; tú procura solamente curarlas y Él te recompensará, no según el resultado de los esfuerzos, sino según los esfuerzos mismos. San Buenaventura confirma también lo dicho, añadiendo que el sacerdote no merecerá menos por los esfuerzos desarrollados con quienes poco o ningún éxito se consigue que con aquellos en quienes el éxito es completo. Añade el mismo santo que el labrador que cultiva una tierra árida y pedregosa, aun cuando el rendimiento sea exiguo, merece mayor recompensa; con lo que quiere significar que el sacerdote que se afana por llevar a Dios algún obstinado, aun cuando no lo llevare, crecerá el premio en proporción al crecimiento de sus trabajos.

4. Del fin, de los medios y de las obras del sacerdote celoso

1º. Del fin que se ha de proponer.

Si queremos recibir de Dios el premio de las fatigas por la salvación de las almas, hemos de hacer lo que hacemos, no por respetos humanos ni por honra propia nuestra o por ganancia terrena, sino sólo por Dios y por su gracia; de no hacerlo así, en vez de premio reportaremos castigo. Decía San José de Calasanz que sería grande nuestra locura si, cansándonos como nos cansamos, esperáramos de los hombres recompensa terrenal.
Y como escribe San Próspero, hay quienes se esfuerzan no para hacerse mejores, sino para enriquecerse; no para adquirir la santidad, sino para disfrutar los honores. Dice Pedro de Blois: «Cuando se tiene que proveer un beneficio, ¿se pregunta quizás cuántas almas hay que ganar para Dios? No, sino que lo que se indaga es cuáles son sus rentas». Muchos, dice el Apóstol, buscan sus propios intereses, no los de Jesucristo (Flp 2, 21). «¡Oh abuso detesta-ble, subordinar el cielo a la tierra!», decía San Juan de Ávila.
El autor de la Obra imperfecta escribe: «Somos obreros a sueldo de Jesucristo; y así como no hay quien contrate un obrero para que no haga más que comer, así no hemos sido llamados por Cristo solamente para cuidar de nuestros intereses, sino por la gloria de Dios». De aquí concluye San Gregorio que los sacerdotes no han de gozar con estar frente a los hombres, sino por hacerles el bien posible. El único fin, por lo tanto, que se ha de proponer el sacerdote que trabaja en bien de las almas ha de ser la gloria de Dios.

2º. De los medios que ha de emplear.

En cuanto a los medios que se han de emplear para ganar al-mas para el Señor, he aquí lo que sobre todo hay que hacer:
– Ante todo hay que atender a la propia santificación. El me-dio principal para convertir a las almas de los pecadores es la santidad del sacerdote. Dice San Euquerio que los sacerdotes, con las fuerzas que les da la santidad, son quienes sostienen el mundo. Y Santo Tomás: «El sacerdote, como mediador, está encargado de unir pacíficamente a los hombres con Dios».
Decía San Felipe Neri: «Dadme diez sacerdotes animados del Espíritu de Dios, y yo respondo de la conversión del mundo entero». ¡Qué no hizo en Oriente San Francisco Javier! Dicen que él solo convirtió miles de infieles. ¡Qué no hizo en Europa San Patricio o San Vicente Ferrer! Más almas convertirá a Dios un sacerdote medianamente instruido, pero que ama mucho a Dios, que cien sacerdotes de gran sabiduría, pero poco fervorosos. Por eso Juan Pablo II en su primera carta a los sacerdotes (Jueves Santo de 1979) les decía: «estar al día (aggiorna-dos) es ser santos» .
– En segundo lugar, para recoger gran cosecha de almas hay que dedicarse mucho a la oración, porque en esta se han de recibir de Dios las luces y los sentimientos fervorosos, para poderlos después comunicar a los demás: Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz del día (Mt 10, 27).

3º. De las obras del sacerdote celoso.

He aquí algunas obras a las que se ha de consagrar el sacerdote celoso:
– Ha de atender a la corrección de los pecadores. Los sacerdotes que ven las ofensas de Dios y se callan merecen llamarse como los llama Isaías, perros mudos, incapaces de ladrar (Is 56, 10). A estos perros mudos les serán imputados todos los pecados que pudieron impedir y no impidieron.
¡Cosa extraña!, exclama San Bernardo: «Con que cae un asno, y se encuentra fácilmente no pocos que se presten a levantarlo; se pierde el hombre y no hay quien lo levante…». Sin embargo, dice San Gregorio, el sacerdote está especialmente establecido por Dios para enseñar el buen camino al que anda extraviado; y por eso añade San León que el sacerdote que no indica a los fieles su extravío, demuestra que el mismo anda extraviado. Escribe San Gregorio que nosotros, «los sacerdotes del Señor, matamos a tantas almas cuantas vemos perecer sin trabajar por ir en su auxilio».
– El sacerdote celoso ha de trabajar en el ministerio de la pre-dicación. Por medio de la predicación se convirtió el mundo a la fe de Jesucristo, como dijo el apóstol: la fe viene de la audición, y la audición por la palabra de Cristo (Ro 10, 17). Por la predicación se conserva la fe y el temor de Dios en los fieles. Los sacerdotes que no se sienten capacitados para predicar, al menos procuren siempre que les sea dable, en sus conversaciones con familiares y amigos, hablar algo que sea de edificación, contar algún ejemplo edificante practicado por los santos o insinuar alguna máxima.
– El sacerdote ha de asistir a los moribundos, puesto que esta es la obra de caridad más agradable a Dios y la más útil para la salvación de las almas, ya que en el momento de morir los hom-bres enfermos, por una parte están más tentados del demonio y, por otra, menos dispuestos a valerse por sí mismos. Hay quienes al ir a ayudar a los moribundos encuentran la muerte de la propia alma. Además quien no pueda predicar, al menos enseñe la doctrina a los niños y aldeanos, muchos de los cuales vivirán en los campos, sin poder ir a las Iglesias, y por ello vegetando en la ignorancia hasta de las verdades principales de la fe.
Finalmente, persuadámonos de que el principal ejercicio en bien de las almas es oírlas en confesión. Decía el Ven. P. Luis Florillo, dominico, que predicar es lanzar las redes, al paso que confesar es subir a bordo la captura de la pesca.
Antes de recibir el sacerdocio, dice San Juan Crisóstomo, de-bías haber examinado si te atreverías a desempeñar este ministe-rio; pero ahora que ya eres sacerdote no hay opción al examen, sino al trabajo, y si no lo eres hazte hábil. Aducir ahora como excusa la ignorancia -continúa el santo doctor- equivale a acusar-te de una segunda falta para excusarte de la primera.
Sacerdotes hay que se dan al estudio de mil cosas inútiles y descuidan el estudio de las cosas necesarias para trabajar fructuosamente en la salvación de las almas. En suma, que es fuerza que el sacerdote únicamente ha de procurar la salvación de las almas. Por esto quiso San Silvestre que los días de la semana, no se llamaran sino con el nombre de ferias, es decir, vacaciones. Con lo que han de aprender (son sus palabras) que han de prescindir de cualquier otra cosa, a trueque de vacar únicamente a las cosas de Dios.
Antes de que fueras sacerdote dice San Atanasio, podías hacer lo que querías, más ahora que lo eres, tienes que emplearte en desempeñar el oficio para el que fuiste ordenado. Y ¿cuál es este oficio? Uno de los principales es trabajar por la salvación de las almas, como ya hemos demostrado y lo confirma San Próspero con estas palabras: «a los sacerdotes se ha confiado el cuidado de las almas como propia atribución suya».

* * *

Queridos hermanos:
Mirando el celo del Corazón de Jesús por las almas, ¡imitémosle!
Si observamos atentamente, toda la fuerza de la argumentación de San Alfonso reside en el peso de la eternidad. Eso es tan así, que cuando en un sacerdote la eternidad deja de contar, se vuelve estéril al desaparecer esta del horizonte de su vida. Lo importante es el peso de la eternidad para tener celo por las almas. Si falta esto, falta todo. Por eso, siempre hay que cuidar en nuestra conciencia el peso eterno de gloria incalculable (2Cor 4, 17). La Santa Misa es la escuela privilegiada en donde se aprende a valorar la eternidad, por varias razones: allí se perpetúa la Nueva Alianza, que es eterna por la preordenación eterna de Dios; que es eterna por la herencia de vida eterna dispuesta en la Nueva Alianza; que es eterna porque es eterna la persona de Cristo, con cuya sangre se sella la Nueva Alianza. Por eso se dice en las Plegarias Eucarísticas: «…pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación…» (I); que «merezcamos… compartir la vida eterna» (II); «…esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria…» (III y V); «así celebremos el gran misterio que nos dejó como alianza eterna» (IV); «…te cantaremos la acción de gracias de Jesucristo, tu Ungido, que vive eternamente» (Rec I); «…en el banquete de la unidad eterna…» (Rec II). Y luego de la comunión, reza en secreto el sacerdote: «…y que el don que nos haces en esta vida nos aproveche para la eterna». La importancia pastoral de la eternidad es insoslayable. Cuando el sacerdote pierde de vista la eternidad es porque ya está en el abismo. Ha perdido su identidad sacerdotal y se convirtió en sal que pierde su sabor y carece de celo por las almas. Sacerdote sin celo, es sacerdote que antes ha descuidado la Eucaristía.
Evitemos los errores que se suelen dar en este tema en la formación sacerdotal:
-algunos se rehusan a todo apostolado por creer que es acti-vismo (o puede caer en él) y caen en el quietismo: contra esto, dedicar al apostolado TODO el tiempo señalado.
-otros, muy inquietos, llevados por el celo desordenado, caen en el activismo (o americanismo): contra esto dedicar al apostolado SOLO el tiempo señalado.
-hay quienes creen que el seminario no debe formar PASTORES.
-hay quienes creen que el apostolado del Seminario es el mal necesario (y entonces, con astucia se borran del apostolado).
– hay quienes creen que el apostolado es una excusa para salir del Seminario y pasear.
-hay quienes creen que es un apéndice (y, ¡no!, es esencial, aunque debe ser graduado).
-hay quienes creen que los seminaristas «no hacen nada» (porque no celebran Misa, no confiesan…).
-hay quienes creen que el apostolado obstaculiza la contemplación (confunden la vida contemplativa con la vida vegetativa).

¡Tomemos el ejemplo de Cristo «Buen Pastor»!

¡Y de María Santísima «Estrella de la evangelización»!

Fuente: http://www.padrebuela.com.ar

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