“¡AY DE MÍ SI NO ANUNCIARA LA BUENA NUEVA!”

“¡AY DE MÍ SI NO ANUNCIARA LA BUENA NUEVA!” (Carta de San Francisco Xavier)

En esta ocasión, nos gozamos en presentar una célebre carta que San Francisco Xavier envió a su Padre espiritual, San Ignacio de Loyola. Esta carta, escrita desde tierras de Misión, es tan estimada por la Santa Madre Iglesia que fue incorporada al mismo Oficio de Lectura correspondiente al 3 de diciembre, día en el cual se celebra la Fiesta de este Gigante de las Misiones.

En esta carta, con sobrenatural visión, el Santo muestra claramente lo urgente que es la actividad misionera ad gentes. Después de leer, y releer, semejante epístola a muchos, con la gracia de Dios, les podrá venir un grande deseo de alistarse en las filas de la Misión, para que más almas se salven y Dios sea así más glorificado.

Francisco Xavier

Misionero en Taiwán

¡AY DE MÍ SI NO ANUNCIARA LA BUENA NUEVA![1]

Visitamos las aldeas de los neófitos, que pocos años antes habían recibido la iniciación cristiana. Esta tierra no es habitada por los portugueses, ya que es sumamente estéril y pobre, y los cristianos nativos, privados de sacerdotes, lo único que saben es que son cristianos. No hay nadie que celebre para ellos la misa, nadie que les enseñe el Credo, el Padrenuestro, el Avemaría o los mandamientos de la ley de Dios.

Gigante de las Misiones

Gigante de las Misiones

Por esto, desde que he llegado aquí, no me he dado momento de reposo: me he dedicado a recorrer las aldeas, a bautizar a los niños que no habían recibido aún este sacramento. De este modo, purifiqué a un número ingente de niños que, como suele decirse, no sabían distinguir su mano derecha de la izquierda. Los niños no me dejaban recitar el Oficio divino ni comer ni descansar, hasta que les enseñaba alguna oración; entonces comencé a darme cuenta de que de ellos es el reino de los cielos.

Por tanto, como no podía cristianamente negarme a tan piadosos deseos, comenzando por la profesión de fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, les enseñaba el Símbolo de los apóstoles y las oraciones del Padrenuestro y el Avemaria. Advertí en ellos gran disposición, de tal manera que, si hubiera quien los instruyese en la doctrina cristiana, sin duda llegarían a ser unos excelentes cristianos.

Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa, principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno!»

¡Ojalá pusieran en este asunto el mismo interés que ponen en sus estudios! Con ello podrían dar cuenta a Dios de su ciencia y de los talentos que les han confiado. Muchos de ellos, movidos por estas consideraciones y por la meditación de las cosas divinas, se ejercitarían en escuchar la voz divina que habla en ellos y, dejando de lado sus ambiciones y negocios humanos, se dedicarían por entero a la voluntad y al arbitrio de Dios, diciendo de corazón: «Señor, aquí me tienes; ¿qué quieres que haga? Envíame donde tú quieras, aunque sea hasta la India.»

 


[1] San Francisco Javier, «¡Ay de mí si no anunciara la Buena Nueva! (Carta a San Ignacio; cartas 4 [1542] y 5 [1544])», en Vida de Francisco Javier, Libro 4, Roma 1956 El subrayado nos pertenece.

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